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El gran hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

Cuando Wes Anderson estrenaba Viaje a Darjeeling (2007), había llegado a la cúspide de una cierta manera de contar historias, allí donde incluso en relatos emocionales y puramente personales los objetos se terminaban imponiendo como protagonistas. Incapaz de escapar de aquel estilo y de dar un salto evolutivo, Anderson se refugió en el mundo animado (Fantástico Mr. Fox, 2009) con el que, al contrario que sus propios personajes, podía escapar de toda responsabilidad impuesta por la llegada de la madurez. Y a partir de allí, ya sólo quedaba recomenzar, iniciar un nuevo trayecto comandado por niños en Moonrise Kingdom (2012) con los que volver a empezar y volver a encontrarse.

Tal vez hacía falta empezar de cero, tomar carrerilla, para afrontar una película de mucho mayor tamaño, de más profundo alcance y de mayores conquistas, donde los personajes vuelvan a ser los protagonistas y los objetos puedan continuar en primer plano pero no se adueñen de la función. Dicho de otro modo, quizá era necesario un paréntesis para que Anderson pudiera enfrentarse a su propio estilo, asumiendo que sus señas de identidad se han vuelto una caricatura, pero reconociendo también que esa caricatura aún puede ser comunicante. Y ese paso adelante ha posibilitado, por fin, dos elementos que hablan de una nueva etapa de madurez del cineasta.

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En primer lugar, Anderson lleva su relato al límite, interrogándose a sí mismo en torno hasta dónde pueden llegar sus señas de identidad y hacia dónde puede conducirle ese estilo barroco. Basta contemplar secuencias como la cadena de llamadas entre hoteles, en las que surgen infinidad de nuevos personajes, o la llegada de los protagonistas al monasterio y la cantidad de veces que pueden llegar a hacerle la misma pregunta en torno a su identidad. No son vueltas en círculo, sino una divertida construcción que se pregunta cuántas capas puede soportar la película, hasta dónde puede atravesar la caricatura esas fisuras del relato.

En segundo lugar, y tal vez aún más importante, es la capacidad para hablar de un lugar, un edificio concreto, una construcción. Anderson ya no habla de una simple huida hacia delante, por mucho que la película siga siendo una enorme aventura que implique no pocos trayectos, sino que el propio film se atreve a registrar las ausencias provocadas por el paso del tiempo en un lugar que antaño había sido testigo de hazañas extraordinarias. El señor Moustafa se enfrenta a su pasado simbolizado en las ruinas de un hotel que presenció los grandes momentos en la vida de sus seres más queridos. En ese sentido, posiblemente fuese más interesante la película que podría continuar esta historia, cuando los grandes tiempos del hotel se han desvanecido, pero también sería menos emocionante.

Quizás el realizador haya escrito aquí al mejor personaje jamás concebido por su filmografía. Moonrise Kingdom nos reveló que los personajes de Anderson bien podrían haber sido todos boy scouts durante su infancia, obsesionados con la disciplina, los gadgets, los horarios, los planes, los mapas y la escritura como inocente manera de protegerse del mundo. Gustave, impecablemente representado a través de un entregado Ralph Fiennes, es la evolución perfecta de ese concepto en tanto que además del espíritu scout el trasfondo emocional de Gustave se encuentra siempre por delante de sus actos. El gran hotel Budapest ya no es una simple película divertida: es también, y por encima de todo, un filme sentimental. 

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