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Jimmy P. (Arnaud Desplechin, 2013)

Jimmy Picard se tambalea de súbito hasta desmayarse. Le sobreviene el pánico y siente que, en cuestión de segundos, ha perdido el control sobre sí mismo. Se tumba en el suelo y trata de protegerse con los brazos de una amenaza invisible.

Jimmy acaba de regresar a casa tras la guerra. Son los años cuarenta y las secuelas del conflicto son lo único que justifica las adversidades del presente. El ingreso en el hospital militar sólo sirve para que el desconcierto aumente: Jimmy no presenta ninguna señal fisiológica que justifique sus cegueras temporales o su pérdida de oído, pero antes de aventurarse a diagnosticar una posible esquizofrenia el equipo médico acude a Georges Devereux, psicoanalista y etnólogo, en busca de un análisis más profundo.

Jimmy P. funciona así bajo dobles intenciones: servir como documento que reivindique la importancia de la figura de Deveraux en la medicina moderna, pero también desplegar el profundo estudio del alma humana puesto en juego durante la filmografía de Arnaud Desplechin como director.

Los resultados, casi reducidos a las conversaciones privadas entre especialista y paciente, pueden parecer insatisfactorios en tanto que la aproximación es en absoluto complaciente. No es una historia emotiva de superación personal, y desde luego no tiene nada que ver con un biopic al uso, sino más bien con la esperanza de que el cine haga tangible, de alguna manera, una expresión esquiva de los sentimientos y angustias del hombre que parece imposible no ya representar, sino incluso desentrañar del todo. Ha sido siempre el material que mueve el cine de Desplechin, incluso en esta primera aventura americana: que el pasado ayuda a entender el presente sólo tamizado a través del cine, como si éste abrazara ambos tiempos para darles, por fin, un significado común.

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Devereux se empeña en demostrar que las afecciones de Jimmy van más allá de un puntual accidente sufrido durante su servicio militar y se enraízan en sus orígenes, en sus más profundas vivencias del pasado que emergen tras una situación extrema. La película viaja así al terreno de unos sueños que se entremezclan con los recuerdos del personaje, al tiempo que el proceso de reconstrucción revela también las inseguridades del propio terapeuta.

Y cuando los traumas del paciente se reflejan también en la vida cotidiana del médico entonces es cuando la película por fin despliega su sutil manto de ambiciones: que todo lo vivido crea el complejo tejido de lo que somos, y que aprender a vivir con uno mismo sólo se consigue a través de la experiencia de compartir ese enmarañado conjunto de recuerdos que construyen nuestra memoria.

El valor de la película es el de aproximarse a sus personajes a partir de una disposición ausente de toda intención dogmática. Desplechin muestra y, acto seguido, sabe cómo desaparecer del relato para darle al espectador la libertad de decidir, aunque esa distancia en ocasiones pueda empujar al desconcierto. Como dice el propio Deveraux a su paciente, incapaces de predecir si volverán los achaques o no, al menos a Jimmy le queda toda una vida para comprobarlo. El triunfo de la película es que, en lugar de limitarse al retrato biográfico, prefiere celebrar junto a sus personajes esa pasión y ese temor por la vida. 

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