Oscars 2016

Vivimos un momento desconcertante. El director más valorado parece hacer películas pensando sólo en sí mismo, en una operación en la que lo importante es demostrar, más que mostrar. El resultado parece estar hablando más de sus capacidades como realizador que del propio relato que tiene entre manos. Del mismo modo, el guionista mejor valorado del panorama navega en las mismas aguas. Son Alejandro González Iñárritu uno y Aaron Sorkin el otro, profesionales de primer nivel más allá de toda duda pero que han instaurado un nuevo panorama de la forma de entender el cine de consumo: ficciones que se proyectan hacia la exhibición particular de sus hacedores por encima de cualquier instancia. Estamos, por tanto, ante un cine que por delante de sus discursos tienen como meta vender una idea principal: el autor es un genio. Quizás la mayor prueba sea que la dirección de fotografía de una película como Knight of Cups (Terrence Malick) es completamente ignorada aún cuando está al mismo nivel virtuoso de la que hace gala The Revenant, incluso siendo firmada por el mismo operador. La diferencia es que mientras en la película de Malick la fotografía preciosista tiene una vocación poética, en The Revenant la vocación es llamar la atención sobre la propia genialidad del dispositivo. Pero premiar a Iñárritu es darle la razón a una cierta forma de hacer cine. Así las cosas, sólo queda continuar batallando por una educación visual más rica, para aprender a defendernos de aquellos objetos cinematográficos que pretenden imponernos su idea de lo que debemos pensar sobre ellos.

Fueron los Oscars de la reconciliación: DiCaprio hizo las paces al fin con su ansiada búsqueda de reconocimiento, recibiendo su mención al Mejor actor principal. Mad Max: Fury Road (George Miller) se llevó seis estatuillas en los apartados técnicos que culminaron aquel inicio fulgurante, hace ya casi un año, en el pasado festival de Cannes. Del mismo modo, Ennio Morricone recogió su premio a la mejor banda sonora por The Hateful Eight (Quentin Tarantinorecordando que la Academia encuentra adecuada cualquier ocasión para subsanar errores del pasado. Se trata de galardones que, más allá de sus virtudes concretas, cuentan también con el peso de una trayectoria que aquí parece definitiva, aún cuando tener esas circunstancias en cuenta resulta poco apropiado a la hora de entregar un Oscar.

Existe una operación muy reveladora en estos Oscars que, en este 2016, se ha terminado por convertir en una triste costumbre. El galardón a Mejor director ya no queda como penúltimo premio de la noche: no sólo le antecede el de Mejor actor sino que, en una comprensible acción igualitaria, también lo hace el de Mejor actriz. Bajo esa decisión subyace la idea de la importancia del star-system por encima de la autoría del filme; la idea de que el centro neurálgico de estos premios continúa siendo la cara conocida, el consumo televisivo de los mitos de siempre. Se trata de un dispositivo que viene a intentar perpetrar el modelo del cine clásico entendido como sistema industrial que busca mantener aún el nuevo (viejo) Hollywood. No sería difícil entender, entonces, que la Mejor película sea Spotlight (Thomas McCarthy) en tanto que ejemplifica el paradigma de la película modelo que aún tiene sentido para un antiguo sistema y, también, para el espectador medio que aún se siente indefenso ante los incesantes y vertiginosos cambios del planeta cine. Spotlight es de esos filmes del que no se puede decir nada malo y que podría pertenecer a cualquier tiempo pasado. Una película impecable, que quizás sea la peor virtud que se le puede achacar a una película en tanto que también resultaría difícil señalar una cualidad que pueda hacer de este título una obra perdurable en el tiempo.

Para entender en qué mundo nos movemos basta con contemplar la candidatura Mejor largometraje documental: frente a cuatro películas que atesoraban ciertos temas de carácter comprometido el premio vino a recaer en Amy (Asif Kapadia), la exitosa mirada a la vida y obra de la cantante Amy Winehouse. Es decir, frente a un cine de lo reivindicativo o de la lucha social vence una vez más la cara conocida, el culto al mito, el glamour como suculenta forma de consumo. Quizás en esos detalles se encuentre la pista con la que contemplar estos galardones con la perspectiva y el distanciamiento que merecen.

Birdman Oscars Iñárritu

Los Oscars de 2015 

Cuando Lady Gaga subió al escenario para celebrar, con su interpretación, los cincuenta años de Sonrisas y lágrimas, la gala de los Oscars estaba intentando recuperar el característico sonido de Hollywood propio del cine clásico y que, a lo largo de cuatro horas, ninguna de las canciones nominadas estaba decidida a convocar. Los tiempos cambian pero la necesidad de hablar del cine desde el viejo glamour, aún presente en el imaginario colectivo, parece inevitable. Esa concepción de lo cinematográfico continúa siendo, aún hoy, sumamente elegante y atractiva, pero también arrastra consigo la idea de que el mayor talento artístico es aquel que más ruido hace, el que más sobresale, el que ostenta la capacidad de exhibirse continuamente a sí mismo.

De esta manera, no debería extrañar ninguno de los nombres presentes en el palmarés de esta edición, comenzando por el triunfo de Whiplash en las tres categorías que otorgan al film de todo su sentido: Actor Secundario, Sonido y Montaje. Cine de la experiencia física, epidérmica, que tiene en las apariencias, en la energía de su superficie más inmediata, el gran reclamoque impide alzar la vista más allá de lo que ocurre en primer plano. En unos premios construidos bajo estos planteamientos, no puede sorprender que El gran hotel Budapest, de Wes Anderson, alcanzara el éxito en las categorías de Vestuario, Maquillaje, Diseño de Producción y Banda Sonora: un autor ninguneado por la academia durante su carrera que, al plantearse su primera película de verdaderas grandes dimensiones, alcanza el triunfo no tanto por su contenido como por su llamativo tamaño.

Lo mismo ocurre con el premio a Mejor Actor, que cayó en manos de Eddie Redmayne por su recreación de Stephen Hawking en La teoría del todo. Conviene hablar de recreación antes que de interpretación, en tanto que se trata de un oscar que premia el parecido, la similitud con el personaje real. Es decir, aquello que de nuevo se exhibe al exterior, se vende, se celebra, alejado de todo carácter introspectivo. No importan tanto las cargas de profundidad como el aspecto de lo que se muestra, de ahí que en la categoría de Mejor canción no sea tan importante el propio trabajo musical como la suntuosidad de su puesta en escena durante la gala y su letra comprometida. Selma parecía, por ello, predestinada a llevarse la estatuilla.

Incluso en la Mejor Película de Animación quien triunfa es aquella que propone un espectáculo visual más evidente, lleno de colorido y fuegos artificiales: Big Hero 6, una película que pretende hablar de las fases del duelo en un adolescente pero que se rinde a la pirotecnia de sus propias proezas visuales, frente al hermoso cuento tradicional de La princesa Kaguya o el crudo relato de la dificultad de hacerse mayor en Cómo entrenar a tu dragón 2. Espectáculo ante todo, una filosofía que también terminó por recompensar los Efectos Visuales de Interstellar o el festival de Montaje de Sonido en American Sniper.

La Película extranjera fue a parar a manos de Ida, un hermoso y delicado retrato conducido por una mujer que trata de descubrirse a sí misma y su lugar en el mundo. La travesía de la mujer en el mundo y, en especial su papel en la industria del cine, se convirtió en uno de los grandes temas de la gala gracias al discurso de Patricia Arquette tras ganar el oscar a Mejor Actriz Secundaria por Boyhood, la gran perdedora de estos premios junto a The Imitation Game, que arañó finalmente el premio a Mejor Guión Adaptado. El otro gran nombre de mujer fue el de Julianne Moore por su papel en Siempre Alice, oscar a la Mejor Actriz Principal.

Pero quizá los premios que mejor resumen este deseo por la pirotecnia, esta filosofía del talento que se vende a sí mismo, esta primacía del espectáculo por encima de toda consideración reflexiva sean los que consiguió Birdman, la gran triunfadora, que cosechó los oscars correspondientes a Mejor Fotografía, Guión Original, Director y Mejor Película. ¡Cómo debe sentirse Alejandro González Iñárritu ahora que ha ganado un oscar como guionista! Su sonado divorcio creativo con Guillermo Arriaga, guionista de sus primeros tres largometrajes, había puesto en tela de juicio la capacidad del realizador para contar historias; quizá este premio haya supuesto un puñetazo sobre la mesa.

Pero el triunfo de Birdman es también el de otras muchas cosas: el de la película que se celebra a sí misma mientras avanza, el de los fuegos artificiales que embelesan a primera vista, el de la originalidad a cualquier precio y el olvido de la moral de las formas, eso que tanto se critica cuando la ideología de la película no casa con la nuestra propia (American Sniper, Whiplash…) pero que somos capaces de pasar por alto cuando las ideas coquetean con el divertimento inocente. Pero sí, las formas son importantes: son la expresión definitiva de las ideas de la película, y es en la ética de esas decisiones formales donde se deberían jugar los auténticos premios. ¿Cómo hablar de una película que usa sus formas para recordarnos lo portentosa que está siendo? ¿Cómo valorar un film diseñado para ser admirado, por encima incluso de su capacidad discursiva? El propio Iñárritu señalaba, en su discurso de agradecimiento, que el arte es una expresión individual; que solo el tiempo puede generar un juicio de valor sobre las cosas. Es cierto que el tiempo pone a cada obra en su sitio, pero lo que plantea el realizador (al igual que su propia película) ha sido una invitación a ver su filme olvidándonos de nuestra capacidad para pensar lo que vemos, para ponerlo en duda, para no dejarnos embelesar solamente con la superficie, con aquello que sucede a simple vista. Puede que al multipremiado autor no le guste demasiado lo que es capaz de hacer el tiempo con Birdman.

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Los Oscars de 2014

Esta gala de los Oscars ha venido a confirmar la inefable presencia de dos grandes costumbres, con las que es importante lidiar para llegar a poner en contexto estas menciones de honor y saber mirarlas con cierta perspectiva.

La primera, y desde luego la más trascendente en el devenir de los premios, tiene que ver con una Academia que no sólo premia a destiempo, sino que se siente cómoda rindiéndose a la corrección política del documento histórico. Ocurrió sin ir más lejos el año anterior, cuando aplaudió una película como Argo, en la que el hecho real se disfrazaba de bonito espectáculo, en detrimento de La noche más oscura, donde el retrato iba más encaminado a desentrañar una incómoda verdad que a embellecerla. O dos años atrás, premiando a The Artist medio siglo después de dejar ausentes del máximo galardón a películas como Cantando bajo la lluvia o El crepúsculo de los dioses, como si a los académicos les llevase unas cuantas décadas digerir el alcance de ciertos films hasta llegar por fin a entender su auténtica importancia.

Sucede esta vez con 12 años de esclavitud, Mejor película de la ceremonia, que cosechó también el premio al Mejor guión adaptado y a la Mejor actriz de reparto. En uno de los primeros chistes de la gala decía Ellen DeGeneres, la presentadora de este monumental espectáculo televisivo, que “habrá que ver si esta noche gana 12 años de esclavitud o sois todos unos racistas”. Un chiste que bajo su apariencia inofensiva esconde una gran verdad: la solemnidad de ciertos temas parece imponer, en la pantalla, una autoridad que legitima el premio por encima de las demás, como si los temas “necesarios” fuesen premiables en su esencia de manera automática, más allá de cómo estén contados.

Ante esto, ¿qué puede hacer una película ambientada en el espacio, una salvaje representación del derrumbe del sistema financiero o una parodia de los años setenta con intenciones metalingüísticas?

La segunda costumbre es quizá más evidente, aunque esta vez parezca mejor disfrazada que nunca. Se trata de la transformación física como el más importante criterio a la hora de celebrar una interpretación. Dallas Buyers Club cosechó los premios de Mejor actor principal, Mejor actor de reparto y Mejor maquillaje. Una película que no deja de ser, en su esencia, una suerte de biopic en torno a un hecho real que busca su parecido con la realidad a través de la representación física y de plegarse a unas fechas de calendario con las que convertir el contexto en reclamo, y no en punto de partida.

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De ahí que el espectáculo provenga del parecido final del actor frente al personaje real y no surja de lo puramente interpretativo. Como mínimo, conviene poner en duda las bondades de la imitación en lugar de una filosofía de la auténtica creación. Actor y maquillaje, premios que acostumbran a ir lamentablemente de la mano. En ese sentido el trabajo de Matthew McConaughey está más próximo a la recreación caricaturesca de galardones como el de Meryl Streep en La dama de hierro o de Marion Cotillard en La vida en rosa, por mucho que permanezca el disfraz de un cierto parecido a lo que hiciera Robert De Niro en Toro salvaje.  El resultado puede escarbarse bajo la superficie: por compararlo con Leonardo DiCaprio, otro de los nominados a Mejor actor, la actuación de McConaughey hace grande a su propia labor como intérprete, a su propio sacrificio físico como actor, mientras que la de DiCaprio ayuda a hacer más grande la película en la que participa. Dallas Buyers Club, sin embargo, a pesar de contener intensos ejercicios interpretativos, no puede disimular su espíritu de puro drama televisivo.

En otro orden de cosas, premiar a una película como Gravity en los siete mejores apartados técnicos es, desde luego, un reconocimiento a una película arriesgada y hecha con loable valentía, pero también una manera de poner en cuestión esa imposibilidad por soñar con el mayor de los galardones. De nuevo, una película con el espacio exterior como fondo argumental parece un tema demasiado frívolo al que premiar, como si por ello se tratase de una película menor. Conviene celebrar que este triunfo de Gravity reconoce, de nuevo a destiempo, la labor de dos genios del panorama audiovisual americano del presente.

Alfonso Cuarón como Mejor director. No es ningún misterio que las dos últimas películas del director mexicano son dos de las piezas más intensas y sugerentes que ha dado el cine comercial en la última década, además de ser un autor que se ha interrogado siempre por las oportunidades narrativas del cine-espectáculo: Gravity y, en menor medida Hijos de los hombres, han sido grandes estudios sobre las posibilidades del plano-secuencia, llevadas al extremo, y de sus implicaciones emocionales en tanto que experiencia en tiempo real. Era también la oportunidad de reconocer no ya el sublime trabajo de Emmanuel Lubezki en la dirección de fotografía, sino premiar a toda una carrera ausente hasta el momento del máximo de los reconocimientos de uno de los grandes maestros de la luz del cine contemporáneo.

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Los Oscars confirman también la tendencia de otros premios hacia una realidad paralela, aislados de toda influencia o de todo tipo de contexto. Vestuario y Dirección Artística fueron a parar a El gran Gatsby, la castigada película de Baz Luhrmann que encuentra su momento de gloria en unos premios donde la opulencia de los grandes escenarios y la belleza de los vestidos se convierten en un valor seguro. Puestos a rendir cuentas con lo correcto, confundiendo el gusto personal con términos como “merecidos” o tratando simplemente de hacer un balance imposible con el que repartir felicidad entre todos los implicados, Her, la película de Spike Jonze alcanzó el premio al Mejor guión original y se celebró como si se tratase de una especie de conquista, un momento donde lo realmente “original” se cuela entre las rendijas de un sistema poco dado a la sorpresa.

Que La gran estafa americana se marche ausente de todo premio, aún a pesar de sus diez imponentes nominaciones, deja entrever las aversiones que ha generado David O. Russell y que en esta salvaje campaña de marketing en pro de la estatuilla mucho tiene que ver la simpatía de cara al público. La estadística hace que La gran estafa americana viaje hacia el limbo junto a películas como Valor de ley, Gangs of New York o El color púrpura, películas con gran número de nominaciones que tampoco se hicieron con ninguna.

Dejar ausente de premios a una película como El lobo de Wall Street implica, quizá, motivos muy diferentes que remiten de nuevo a la ausencia de toda capacidad por parte de la Academia para digerir el cine más trascendente de su tiempo. No sería descabellado en que, una vez se asuman los logros de una película como esta y se integren en el panorama audiovisual como parte de su rutina aparezca un film en el futuro que beba expresamente de ella y triunfe en una imaginaria noche de premios. Ocurrió con Taxi Driver, con la mencionada Toro salvaje, ocurrió con Uno de los nuestros y era evidente que iba a ocurrir con un film como El lobo de Wall Street, una película hiriente y de apariencia frívola que bucea con valentía por las entrañas de una historia aún demasiado reciente.

Los dos premios de Frozen, Mejor canción y Mejor película de animación, vienen a señalar el estado de salud de Disney tras la inmersión de sus clásicos en las tres dimensiones. Si bien la continuidad que establece con su anterior obra, Enredados, es desde luego evidente, no conviene pasar por alto los pequeños triunfos de una película que ha sabido establecer la orquestación musical moderna como estándar para el musical del presente, integrando esa modernidad sonora a su estructura clásica, al tiempo que prolonga el discurso sobre la puesta en cuestión, desde una perspectiva adulta, de todos los clichés en el cine infantil que inició Brave hace ahora un año.

En una gala que puso de relieve la necesidad de las figuras de la industria por exhibirse públicamente a partir del juego con las fotos de su móvil propuesto por Ellen DeGeneres, los Oscars no han intentado disfrazar su estatus como la más poderosa herramienta de marketing de una industria que sabe muy bien cómo venderse a sí misma. Su propia gala de premios se ha convertido en uno de los mayores espectáculos televisivos del mundo. Sirvan al menos esas horas, esos momentos teñidos de glamour y de aplausos interminables, para celebrar la pasión por el cine y, por encima de todo, el trabajo de aquellos que lo hacen posible.

Oscars 2013

El mismo comienzo de la temporada de premios de 2012 daba ya como mejor película a Argo, cuando aquello estaba aún a medio camino entre el milagro y una tímida broma. Finalmente ha conseguido Mejor Película, Mejor Guión Adaptado y Mejor Montaje. ¿Por qué Argo, esa esquemática historia sobre el rescate de unos rehenes en Irán se convierte en la más laureada en un año particular que contaba con no pocas candidatas a ser encumbradas como mejor obra del pasado ejercicio?

Posiblemente no sólo sea porque cuenta con el brazalete ganador que parece conquistar todavía a estas alturas a todo tipo de público, como es el hecho de estar basado en hechos reales, sino porque ha sido la única de las nueve nominadas a Mejor Película que contaba de manera efectiva un relato convencional. Efectivo, mencionamos aquí, no sobresaliente, ni siquiera notable.

Para entender el Oscar a la Mejor Película de Argo hay que prestar atención a un triste detalle que tuvo lugar durante la ceremonia. El Oscar a la Mejor Fotografía, antaño uno de los grandes premios y último en entregarse antes de los actores, guión, dirección y película, se relegó aquí al comienzo de la gala convirtiéndose en un premio técnico más. Quizás no sea un detalle tan significativo como el hecho de que la tradición ya no permita que el penúltimo premio, antes del final, sea el de Mejor Director, el reconocimiento al creador y a quien visualiza la manera de hacer la película. En su lugar, el lugar de honor correspondía a Actor y Actriz. El glamour en primer plano, la farándula como reclamo, lo popular como moneda de cambio y como discurso comunicante. De modo que no debe extrañarnos que el festival de lo popular entregue su mayor premio a la película más popular posible. Aquella que es, simplemente, eficaz.

Es el mismo argumento por el que el Oscar a la Mejor Película de Animación se saldaba con un festival de apasionadas condenas, pues lo había ganado Brave, una película sencillamente eficaz, pero por lo visto poco notable para el gran público que tenía ya otra favorita. El mismo motivo que se utiliza para encumbrar a la película dirigida por Ben Affleck. Parece que finalmente el premio sea para aquella película que no consiga hacer daño a nadie.

Otro grupo de espectadores terminaron por sumarse también al carro a modo de venganza. En unas nominaciones que habían olvidado al propio Affleck en la categoría de Mejor Director, el globo de oro que le otorgaba la prensa extranjera funcionaba como declaración de intenciones más que como simple reconocimiento. Sumarse ahora a la causa de Argo era, en apariencia, ir en contra de los propios Oscars y de sus malhechores mecanismos. Era apostar por combatir una supuesta injusticia, y eso hacía apasionante afiliarse a las discutibles conquistas de una película menor. Es la trampa que se genera cada año, repitiendo un mismo patrón de manera inefable. El público trata de aferrarse a una película huyendo de todo convencionalismo, escogiendo para ello a la que es en el fondo la más convencional de todas, pero capaz de despistar al espectador poco sagaz en una lectura superficial.

Argo no es, ni por asomo, una película superior a The Town, el filme anterior concebido por Ben Affleck como director. La diferencia es que aquella arriesgaba todo cuanto tenía para contar una historia tan apasionada que se desintegraba a sí misma en su deseo de abarcarlo todo. Con Argo, Affleck gana en contención, en un control que se traduce en perfecta manipulación, pero también pierde por el camino ese afán por la innovación que hacía de The Town una película fresca. Sin embargo hay otros elementos que apuntan a que no ha sido Argo la ganadora, sino que son las otras ocho nominadas las que no han sabido ganar, por una u otra razón.

Si La vida de Pi, la más galardonada de la noche con Mejor Director, Mejor Fotografía, Efectos Visuales y Banda Sonora no podía competir al mayor premio de todos es porque, en el fondo, el espectador medio de la época presente huye de todo componente espiritual en el cine como si de la peste se tratase. La vida de Pi es, en realidad, una película llena de aristas, un gran festín visual repleto de imperfecciones debido a sus excesos, a su relato de celebración de la vida, pero genera esas aristas precisamente porque hay un riesgo y una apuesta en lo que contar, justo lo mismo que intenta evitar Argo en todo momento. Las conquistas argumentales y narrativas de Argo tienen su origen principalmente en Munich (Steven Spielberg, 2005), un filme a años luz de este firmado por Affleck.

Otro Oscar que arroja luz sobre la naturaleza de los premios es el de Jennifer Lawrence como Mejor Actriz por El lado bueno de las cosas. Es el premio que nos recuerda, cada año, que los Oscars son una competición publicitaria, una carrera en la que no importan tanto las cuestiones artísticas como la capacidad de hacer una adecuada campaña de marketing durante el período de votación. La nueva princesa de Hollywood gana aquí un Oscar basado en la exageración y la sobreactuación continua, en un papel muy lejos de la que sigue siendo su mejor y más sincera participación en una película y que careció de reconocimiento: Winter’s Bone. De nuevo, tenga o no motivos, no es el cine en primera instancia lo que determina a un ganador u otro sino, nuevamente, el clamor popular.

Lincoln obtiene dos estatuillas, la Dirección Artística y al Mejor Actor, quizás uno de los premios que más se daban por sentado. Pareciera pecado discutirle un galardón a uno de los mejores intérpretes del cine americano reciente. Su escasa cosecha se une a la de Los Miserables, con la Mejor Actriz de Reparto, Mejor Maquillaje y Mejores Efectos Sonoros. Oscars que saben en cierto modo a derrota por parte de películas que aspiraban a cotas más importantes. Los de Django, sin embargo, Mejor Guión Original y Mejor Actor Secundario, saben a todo lo contrario. La costumbre por los olvidos hacia uno de los cineastas más irreverentes del cine presente ha hecho de esperar la ausencia de reconocimiento en la obra de Tarantino, sugerente cineasta, igual que Amour como Película Extranjera vuelve a señalar la trascendencia de Michael Haneke en el cine de hoy.

Se marcha de vacío Bestias del sur salvaje. La noche más oscura también estuvo a punto de hacerlo de no ser por ese doble premio al Mejor Sonido que tuvieron que compartir Skyfall y la cinta de Kathryn Bigelow. Además de ese galardón, la propia Skyfall obtuvo también el Oscar a la Mejor Canción pero Roger Deakins no pudo abrazar, un año más, una nominación más, el Oscar por su labor de Fotografía que era en realidad uno de los aspectos más sobresalientes del film de Bond.

En su lugar el trofeo a la fotografía se lo llevaba Claudio Miranda, el operador de cámara de Ang Lee que ayudó a crear el tono onírico, sugerente y colorista de una película de difícil planteamiento visual que se salda con no pocas conquistas. Sin embargo, lo único que diferenciaba el nivel de este trabajo de las clases magistrales de Robert Richardson en Django o de Roger Deakins en Skyfall era el hecho de estar rodado en tres dimensiones. De nuevo, es el recurso de lo popular el que desempata. Mientras, el auténtico cine continúa lejos de aquella alfombra roja y muy lejos de aquel escenario, esperando el momento en que nos atrevamos, por fin, a posar la mirada sobre él.

Oscars 2012

Los Oscars han sido siempre un divertido termómetro con el que percibir el gusto popular frente al cine más comercial de nuestros días. Es la fiesta del cine por antonomasia, un día en que celebrar las películas como arte y también como puro entretenimiento, un momento especial para disfrutar del trabajo de aquellas que han conseguido ese reconocimiento. Conociendo el sistema de votación y en manos de quién está la decisión de otorgar un premio u otro, el resultado final es lo de menos.

En otro tiempo, quizá otra época un poco más sensata, la ceremonia de los Oscars estaba montada especialmente para promocionar las películas que concursaban. La gala se llenaba de imágenes de los filmes premiados, enormes trailers, largas escenas para ejemplificar la naturaleza de sus nominaciones, todo parecía poco a la hora de vender al espectador aquellos productos galardonados.

Hoy, sin embargo, el espectáculo parece haberse convertido en otra cosa. Se  cedió muy poco protagonismo a la entrega de premios,y una atención especial hacia todo lo que rodea el show. Las imágenes de las películas apenas pudieron apreciarse con claridad cuando se anunciaban los premios a actor y actriz principal. Al igual que en cualquiera de esas galas cuyas grandes marcas han saturado el género musical, como ejemplo cercano, estos Oscars también se han centrado en la figura pública del actor, en la aparición, en la simple presencia como reclamo comercial, dejando el cine de lado.

La gala volvió a contar con Billy Cristal como anfitrión, con diferencia uno de los mejores que jamás haya tenido, y sin ser una de sus actuaciones estelares conquistó al público con su clásico cameo inicial en el que protagoniza las nominadas a mejor película. Los que hablan de la ceremonia como espectáculo, manejando los términos de ritmo, de vestidos, de chistes o discursos, son los mismos que han hecho campaña estos meses berreando sobre cuánto merecen un Oscar las películas equivocadas. Es vital aprender a huir de ese círculo, de evitar frivolidades y de quedar indefenso ante el puro espectáculo. Los Oscars son una oportunidad de discernir cuál es el camino que toma el cine comercial de nuestro tiempo, no para elegir a nuestros héroes. Para eso ya está el cine, ese arte que parece que dejemos de lado mientras vemos los premios.

The Artist se coronó como la gran vencedora de la noche, con cinco deslumbrantes galardones: los de vestuario, banda sonora, actor, director y película. Tres de ellos, los más importantes del show, lo que hace pensar en que si bien el triunfo no fue abrumador en cuanto a cantidad, sí puede decirse que la Academia terminó por rendirse ante una película producida lejos de sus dominios, lo que puede interpretarse como un poderoso símbolo que señala el cine americano de 2011 como un año falto de obras importantes.

No era una sorpresa que Hugo, la película de Martin Scorsese, llevaría a cabo una implacable cosecha de premios técnicos, en los que el filme se muestra apabullante. Consiguió cinco, tal y como su mayor competidora: la descomunal dirección artística de Dante Ferretti, la deslumbrante fotografía de Robert Richardson, los efectos visuales y los dos premios referentes a las categorías sonoras. Quizás resulte discutible que Michel Hazanavicius le quitase el galardón a mejor director a un Scorsese que parece no resultar nunca premiado en las nominaciones que sí merece realmente. Por otra parte, The girl with the dragon tattoo le arrebató a Hugo la categoría de montaje, justo una de las disciplinas en las que el filme de Scorsese se antojaba como incuestionable.

Tal y como ocurrió antes con The Queen, con Ray o con La vie en rose, el Oscar a la mejor actriz fue parar a un biopic, a uno de esos filmes intrascendentes y casi documentales sobre la vida de un personaje célebre. Ocurre aquí, con Meryl Streep, lo mismo que impulsó a Martin Scorsese a ganar el Globo de Oro. Ya no importa el trabajo que hagan, los artistas se han convertido en leyendas del medio y su sola presencia en una quiniela ya resulta tentadora. Se premia a la figura mítica, no al trabajo en lo concreto. El poder de los zafios biopics no se quedó ahí. Al igual que La vie en rose en su año, la película The iron lady también se llevó el Oscar a mejor maquillaje.

El ejemplo de The Artist no es el único en el que una película simplemente notable se lleva los honores de una obra maestra e imperecedera, como debería corresponder a un premio de esta categoría. Rango agradeció al cielo que su única competidora seria fuese una película hablada en una lengua extranjera y recogió sin pudor el trofeo a mejor película de animación del año. The Muppets hizo lo propio en la categoría de mejor canción, una disciplina que parece de extinción inminente.

Las películas humildes que acudían a la ceremonia con una cantidad de nominaciones del todo engañosas, alcanzaron su loable cometido alzándose con una estatuilla cada una. Los descendientes se llevó el merecido premio por la soberbia adaptación de Alexander Payne, a quien ya se le había negado injustamente este reconocimiento, Woody Allen ganó el suyo por el guión de la exquisita Midnight in Paris, un filme por encima de la media de las de su realizador en los últimos años, y Criadas y señoras tuvo que conformarse con la actriz secundaria para Octavia Spencer, si bien se mantuvo en vilo hasta conocer el premio a la actriz principal, con el que también tenía enormes posibilidades. El apropiado Oscar a Christopher Plummer por su soberbio papel en Beginners era con diferencia el más cantado de la velada, junto con Nader y Simin, una de las mejores cintas del año que se erigió como mejor película extranjera.

Moneyball fue la única de las grandes nominadas que se marchó de vacío, evidenciando por fin que se trata a todas luces de una película menor, por mucho que su empaque técnico y visual y su contundente campaña de promoción hayan querido disfrazarla de otra cosa. No es necesario lamentar que El árbol de la vida quedase sin mención alguna, pues es de sobra conocida la incapacidad histórica de la Academia para premiar a aquellas obras que se adelantan a su tiempo. Sus nominaciones eran ya todo un triunfo.

En su caso, los premios parecen echar la vista atrás, hacia dos películas que hablan del cine mudo, cada una a su manera, como si ambas gritasen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Los Oscars no parecen haber entendido aún su propio premio al guión de Woody Allen, cuya película explicaba con melancólica brillantez que es nuestra insatisfacción crónica con el presente la que nos empuja a pensar en el pasado como un momento ideal de la historia.

Hugo queda para el recuerdo como una película de abrumadora destreza técnica, de incontestables condiciones artísticas, nada aleccionadora como sí lo era su rival, pero resultaba demasiado atrevido premiar a una película de aparente tono infantil después de cincuenta años sin hacerlo. La carta de amor universal al cine de Martin Scorsese acaba por desgracia en el mismo lugar de su, también fabulosa, El aviador. Once nominaciones y también cinco premios menores.

Todas las palabras posibles se han vertido ya sobre la exquisita The Artist, la del truco inmediato y de futuro discutiblemente perdurable. Una película construida tramposamente como película muda, cuando en realidad celebra la gestualidad interpretativa de Cantando bajo la lluvia, filmada treinta años más tarde. Pero esa es sólo una de sus incontables imposturas. La Academia se rinde ante una película muda que imita los gestos de un musical de los años cincuenta que, en su día, se negó a premiar. Esta noche le dieron la espalda a Shame, a Drive o a El árbol de la vida. El año próximo serán otras obras importantes las que caigan en el olvido de un necesario reconocimiento artístico. Los Oscars continúan demasiado ocupados en hacer las paces con el pasado como para poder fijarse en el cine de verdad.

 

Oscars 2011


Cuando se habla de Oscars, es inevitable hablar también de números, como si las nominaciones no fueran un premio por sí mismas y el número de estatuillas señalase la calidad real de una película.

Con esa idea en mente, resulta duro para cualquier cinéfilo constatar cómo Alicia en el país de las maravillas tiene más Oscars que películas como Winter’s Bone o Los chicos están bien.

Que a nadie se le ocurra, por tanto, comparar los números, pues así son los Oscars. Valor de ley empezaba con diez asombrosas candidaturas y no se llevó ningún premio, uniéndose a esas huérfanas de estatuillas históricas como El color púrpura o Gangs of New York.

Origen y El discurso del rey quedaron empatadas al número de premios, pero de nuevo la comparación es insalvable. La segunda se llevó las categorías más importantes del certamen, por encima de muchos pronósticos, mientras que la primera acaparó los premios técnicos, en los que los votantes no suelen hacer distinciones por puro desconocimiento hacia ellos. ¿Qué porcentaje de la academia conoce la diferencia, por ejemplo, entre la categoría de sonido y de montaje de efectos sonoros?

Entre esos premios técnicos se coló también uno de los más importantes: el de fotografía, en el que Wally Pfister le arrebató el Oscar (por enésima vez) a uno de los mejores trabajos de los últimos años, el de Roger Deakins en la Valor de ley de los Coen.

Si de algo puede hablarse en cuanto a la propia gala, es de un relevo generacional, con dos presentadores que comenzaron la ceremonia saludando a sus madres, presentes entre el público.

Cambio generacional en la búsqueda de unos presentadores que renueven el espectáculo de los premios, pero no un criterio nuevo a la hora de dar los galardones. El discurso del rey es sin duda la mejor película que puede hacerse hoy, pero no es un cine capaz de mirar hacia el futuro como La red social, o de dialogar con el pasado de la manera que lo hace Valor de ley, ni siquiera de hablar de su propio tiempo con la valentía de Winter’s Bone.

El criterio conservador vuelve a seleccionar lo más elemental, lo más cercano, lo menos arriesgado, lo clásico, algo que haga que el modelo perdure y que, en definitiva, no contribuya en nada a evolucionar el medio. Es por eso por lo que la academia nunca se verá capaz a sí misma de premiar un filme de David Fincher, de adelantarse a su tiempo como sí debe hacerlo la expresión artística.

Lo decía Spielberg justo antes de entregarle al film británico el premio a la mejor película: el resto de nominadas quedarán en la historia junto a películas como Ciudadano Kane o Toro Salvaje, filmes enormes llenos de historia, verdaderos puntos de inflexión en la narración cinematográfica que tampoco obtuvieron reconocimiento en su día.

También ocurrieron ciertos cambios en los protocolos clásicos de estos premios que vienen a señalar tristemente los tiempos en los que vivimos. Por primera vez en muchos años, el premio al mejor director antecedió a las categorías de actor y actriz principales, otorgando una mayor importancia a quien aparece en el filme que a quien lo realiza.

La fiesta de la frivolidad, dirán algunos, y desde luego no hay mejor instrumento de marketing que la gala de los Oscars, pero que ciertas formas comiencen a perderse no hablan sólo de la importancia mediática de las caras conocidas sino de la muerte del verdadero reconocimiento artístico.

Cambio también en el menos intrascendente de los premios pequeños, el de mejor fotografía. Un galardón muy importante que normalmente antecedía a los más grandes de la noche y que aquí se incluyó en el bloque del comienzo, amparándose en un dudoso criterio unificador con respecto a las nominadas pero que hablaba bien a las claras de la importancia que se le otorgaba al premio.

Es habitual compensar aquí los errores del pasado. La academia no fue capaz de premiar el año anterior a Colin Firth por la mejor y más poderosa actuación que ha ofrecido el actor inglés en un medio cinematográfico, pero el personaje homosexual de Un hombre soltero parecía una barrera infranqueable para una academia que siempre se ha destacado por su carácter conservador, a veces incluso ejerciendo una censura de la que no se habla pero que parece estar siempre ahí.

Celebrar con júbilo finalmente el Oscar a Natalie Portman, que lleva desde los doce años de edad en la industria y que firmó el año pasado el que quede posiblemente como el papel de su vida, la bailarina de Black Swan, un precioso artificio, una película imperfecta que encuentra en una función musical exageradamente dramática auténticos momentos de cine. La película es tanto una metáfora de los miedos interiores como un homenaje a la belleza lánguida de la exquisita actriz.

Algunos vieron la gala pensando que se trataba de un entretenimiento televisivo, allá donde la tele ha empezado a hacer daño y ha acabado absorbiendo las capacidades, deberes y obligaciones que siempre le han correspondido al cine. Se trataba de una ceremonia para conocer las películas premiadas, no un espectáculo de circo.

Lo esencial se acaba perdiendo, en favor de lo superficial. Hemos terminado por pedirle a una gala de premios emitidos pos televisión la capacidad para emocionarnos y divertirnos que no tuvieron ni siquiera las propias películas premiadas. Algunos siguen confiando más en la televisión como espectáculo que en el cine como medio expresivo, en el cine como arte.

Y mientras eso ocurra, no tiene ningún sentido pedirle a la academia americana un criterio diferente a la hora de valorar las películas que autopromociona más que premiar siempre a la película más inmediata, al cine más fácil, más sencillo, menos arriesgado, menos profundo.