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Enemy (Denis Villeneuve, 2013)

Enemy comienza de la misma forma que lo hacía Next Floor (2008), el cortometraje de Denis Villeneuve que situaba a un grupo de hombres poderosos en torno a una mesa, como si al realizador le fuera imposible huir de la metáfora que creó para volver a hablar sobre la sociedad del presente.

Si allí los ricos devoraban la comida sin masticarla, aquí exhiben otro hábito atroz no muy diferente: observan cuerpos desnudos desde las sombras. Entre el público se encuentra Adam (Gyllenhaal), que disfruta viendo a esos cuerpos desafiar sus miedos pero que, cuando se ve obligado a enfrentarse al mundo, su temor le empuja a huir de sí mismo hasta el punto de convertirse en alguien irreconocible.

De ahí arranca la premisa de la película, inspirada en “El hombre duplicado”, de José Saramago, en la que un hombre se encuentra con una persona idéntica a sí mismo, pero los terrenos de la ciencia-ficción y de lo reflexivo se desdibujan aquí a favor del retrato psicológico en el que la representación del subconsciente funcione como objetivo en sí mismo y no como mero trasfondo.

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Aunque parta de aquel relato, Villeneuve sacrifica parte del texto con el objetivo de perseguir un estado de ánimo, una sensación turbadora que no se transmita a partir del desarrollo argumental, sino de las cualidades de imágenes y sonidos. O dicho de otro modo, la virtud de Enemy es la de sortear las trampas de lo verbal. Casi podría decirse que es la banda sonora de Bensi y Jurriaans la que encarna al narrador omnisciente y despliega un aliento turbador sobre cada plano, como si la música hablase de aquello que las imágenes ocultan hasta que finalmente, en el plano final, sea por fin una imagen explícita la que sustituya al discurso musical.

Bajo cierta perspectiva sería interesante señalarla como la mejor película de Villeneuve, en tanto que supone el primer punto de inflexión sobre su manera de hacer cine: con Enemy, y más tarde con Prisioneros (2013) comienza una época amparada por la participación de grandes estrellas en las que la recreación sensorial de un estado anímico concreto pesa más que el estudio profundo de personajes, una de las grandes pasiones del realizador reflejada en su filmografía.

El cuidado por el encuadre se ha vuelto una cuestión casi obsesiva, y esa preocupación por la imagen ha desembocado en la búsqueda de directores de fotografía también obsesivos: de André Turpin ha pasado a Roger Deakins como operador de cámara, lo que pone de relieve la dimensión de sus nuevos presupuestos tanto como su pasión por conseguir que sea la imagen, por sí misma, la narradora de los acontecimientos.

Enemy es un reflejo de su propio autor: enigmática, obsesiva y turbadora, tan perfeccionista como llena de imperfecciones, consciente de su necesidad de huir de su propia trama para poder mantener un misterio que termina siempre revelando unas frágiles costuras. Su cine crece de tamaño de manera inexorable al tiempo que, irónicamente, continúa alejándose progresivamente de lo estrictamente narrativo. El hombre duplicado también podría ser el propio Villeneuve, descubriéndose a sí mismo. 

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