Godzilla (Gareth Edwards, 2014)

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Habría que poner sobre la mesa, de entrada, la idea imposible de una convivencia entre la criatura de proporciones descomunales y los relatos íntimos sobre personajes para asumir que Godzilla es, en esencia, una película fallida. Cuestión de tamaños irreconciliables. No conviene engañarse ante ella: aquí concurren los consabidos tópicos de la gran película catastrófica, desde un discurrir de manual hasta los diálogos de besugos, pasando por el retrato gastado del vínculo familiar o los arquetipos que se encarnan en grandes estrellas, totalmente desconcertadas por la condición unidimensional de sus personajes.

Godzilla es todo eso y el tamaño y naturaleza de la producción no invitan a pensar en otra cosa, pero sí que resulta interesante acercarse a ella desde la perspectiva de quien sabe que asiste a un blockbuster sobre el que se esconde una película de autor. Sería importante conocer la trayectoria de Gareth Edwards para advertir las sutiles diferencias que gravitan en ella con respecto al producto clásico salido de la factoría Hollywood.

En primer lugar, porque Edwards sabe que lo que teme el hombre moderno no es al monstruo ni a sus temibles rugidos, sino a un mundo en el que la tecnología de la que se ha vuelto tan dependiente desaparezca de súbito. Así, los pulsos electromagnéticos se transforman en la mayor de las pesadillas imaginables. El realizador plantea esa incómoda certeza apagando las luces, cerrando las puertas, sorteando así el acceso a las imágenes más espectaculares en potencia. Si todos huyen evitando a Godzilla ya no hay teléfonos que graben, cámaras que conviertan la tragedia en espectáculo u ojos curiosos que puedan asombrarse con el tamaño del monstruo, y Edwards pone todo eso en juego de una manera hábil aún a pesar de moverse entre el esqueleto de unas imposiciones argumentales del todo insustanciales.

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Godzilla parte del homenaje, mirando la psicosis de la era atómica bajo la ingenuidad de una época ya superada, pero sus imágenes se transforman progresivamente en ecos del gran terremoto japonés de 2011, de los vertidos radiactivos o del fantasma del 11-S que también transita sin remedio entre muchas de sus escenas. De repente ambos fantasmas ya no están tan distantes el uno del otro. La película también se plantea las maneras de poner en escena al monstruo, que no aparece hasta bien avanzado el film: a la secuencia de un maremoto le sigue un barrido hasta una azotea cercana, en la que unos soldados disparan bengalas y entonces la cámara sigue a las luces, que iluminan zonas del cuerpo inabarcable de la criatura. Todo en un solo plano, lo que vuelve a poner la dimensión imposible e inabarcable de los dos relatos que intentan convivir: el de la irrupción del monstruo y el de las vidas de las personas que sufren el ataque.

Es en los tiempos muertos cuando la película realmente despega, allí donde no necesita que sus personajes expliquen todo cuanto ocurre. Aquellos momentos dan lugar a una escena verdaderamente apocalíptica, no exenta de un sobrecogedor aliento poético: aquella en la que un grupo de paracaidistas aterriza cerca del monstruo acompañados de la música de Ligeti. Un momento de auténtica libertad creativa que ilumina no la película que podría haber sido, pues la propia génesis de Godzilla no permite otro tipo de filme, pero sí que arroja luz sobre los modos en los que un verdadero autor es capaz de convertir una distracción banal en un auténtico espectáculo de las formas. 

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