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Night Moves (Kelly Reichardt, 2013)

No es difícil distinguir dos partes, completamente distintas pero que no podrían existir la una sin la otra, en esta Night Moves de ingenuas apariencias pero de calado sobrecogedor. Una película apasionante por los interrogantes que disparan continuamente sus propuestas formales y apasionada por la manera en que Kelly Reichardt filma aquellos temas que le preocupan.

En esas dos partes que dividen a la película en una estructura de simétricas proporciones puede encontrarse un relato de espíritu mitológico disfrazado de inocencia, un estudio de los géneros cinematográficos disfrazado de retrato psicológico que viaja desde el compromiso hasta la locura.

Tres jóvenes planean una explosión en una presa como forma de protesta. La primera mitad del film, pues, transita alrededor de caminos marcados, de planes efectuados bajo precisión milimétrica. Sus recursos visuales están repletos de travellings hacia delante y hacia atrás, de seguimientos desde un punto hasta otro para fortalecer esa presión ejercida por el desarrollo de la misión. En ese sentido, la película se adentra en un ejercicio de tensión que podría compararse con los estudios hechos por otra realizadora, Kathryn Bigelow, en las tres grandes escenas de The Hurt Locker (2008).

Si una escena debe pasar de manera irremisible desde el punto A hasta el punto B, la aparición de un obstáculo que congela el trayecto y pone el encuentro con la meta en peligro agigantará la tensión hasta límites difíciles de calcular. Reichardt lo sabe y juega con ello con una sutileza fuera de lo común, sirviéndose de la exquisita fotografía nocturna de Christopher Blauvelt para que los incómodos claroscuros nos recuerden la desprotección y fragilidad a la que están sometidos los protagonistas del relato.

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Pero quizás sea la segunda mitad del filme donde aparecen las grandes conquistas de una cineasta que ya era imprescindible a partir de su anterior película (Meek’s Cutoff, 2010) y que con Night Moves confirma la brillantez de su cine, plagado de sugerente inconformismo. En esa segunda mitad desaparecen los planes, las misiones ya han acabado y, como dice su protagonista, “comienza la vuelta a la normalidad”. En esa vuelta a la normalidad se terminan los planes, desaparecen los caminos marcados y comienza el infierno de la incertidumbre. Sólo que ya nada puede volver a la normalidad. No se trata de una sensación de heroísmo, sino de todo lo contrario.

Al tratar de hacer justicia por su cuenta y riesgo, los protagonistas del relato son víctimas de una insoportable sensación de culpabilidad propia de quien ha violado las leyes de un sistema en el que no soporta vivir. Ahora cualquier coche que se acerca en la lejanía resulta sospechoso (y Reichardt juega con ello como si convirtiese el relato cotidiano en un juego cinematográfico, de Hitchcock al más profundo cine negro), cualquier individuo desconocido puede ser un policía de paisano o cualquier muestra de nerviosismo entre los tres compañeros del crimen puede suponer ser delatado y el final del juego. Esta nueva forma de tensión precipita el relato a los infiernos. Nadie está ya a salvo, unos porque desconfían de los otros y los otros porque desconfían de la honestidad de aquello que han hecho (y aquí brilla con luz propia el personaje de Dakota Fanning, el ángel anunciador que amenaza con revelar la verdad y condenar así a sus camaradas).

Night Moves es un camino de no retorno, un acercamiento valiente al conflicto entre las buenas intenciones del alma humana y su lado más oscuro y desesperado. En ese sentido podría hablarse de una gran película. La sugerente y reflexiva forma de poner en juego esos elementos en pantalla, sin embargo, hablan de algo mucho más trascendente. Quizás Night Moves sea tan importante para el futuro del thriller como Meek’s Cutoff lo ha sido para el western del presente. Así, cada tímido paso de Kelly Reichardt podría considerarse un auténtico seísmo. 

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