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Ida (Pawel Pawlikowski, 2013)

Hay muchas películas dentro de esta Ida. Está la que se adentra, de manera incómoda, en algunos de los momentos más oscuros de la historia polaca del siglo XX. El país ha vivido ese pasado del mismo modo que la protagonista: alejarse todo lo posible hasta pretender que nunca existió parece ser la única manera de hacer las paces. También está la road movie que impulsa a los personajes a dejar de huir y buscar respuestas, por dolorosas que puedan ser. Un joven autoestopista se mete en el coche y de repente estamos en El cuchillo en el agua (Roman Polanski, 1962), de modo que también contemplamos una película que habla de las formas en las que el cine polaco ha intentado hablar de sus traumas recientes. Pero también puede encontrarse una frágil película, una íntima y silenciosa, que documenta el hermoso despertar de Ida a una vida que desconocía y que se abre ante ella. Ese despertar deberá iniciar una convivencia imposible junto a la crisis de fe que despierta el recorrido por las tinieblas.

Son muchas películas, pero no viven deshilvanadas. La sutil puesta en escena que despliega Pawel Pawlikowski unifica las ambiciones de un film tan sencillo como lleno de significado. Ida se enfrenta al mundo desde el silencio, paralizada ante cada nuevo descubrimiento, pero la posición de la cámara parece desvelar cada uno de sus pensamientos. Las personas ocupan siempre un lugar muy pequeño en la composición del plano, como si Pawlikowski fuese consciente de la insignificancia del hombre ante lo que le rodea. Y sin embargo cree a ciegas en los actos de sus personajes: las simetrías o el obsesivo dispositivo formal al que se enfrentan los actores busca, en realidad, la aparición de un gesto inesperado que otorgue sentido a sus planteamientos estéticos. Una risa inocente que se escapa en una habitación en completo silencio, el andar de alguien profundamente ebrio o las sonrisas que Ida se guarda para sí durante su particular trayecto.

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La protagonista inicia ese viaje a pocos días de tomar sus votos y refugiarse en el convento de manera definitiva. No es de extrañar que, ante ese último viaje con el que pretende comprender el destino funesto de sus padres, Ida intente huir de toda escena de violencia propiciada por su tía, una mujer que ya no le teme a nada y que busca sus propias respuestas. La película se convierte así en el contraplano continuo del conflicto, casi como una visión de la Polonia que decidió mirar hacia otro lado en muchas cuestiones dolorosas. Ida pasea por los exteriores mientras su tía descarga su ira contra cualquiera que se interponga en su camino. Una película de contraplanos que transforma sutil y valientemente su enfoque en una escena crucial, cuando la protagonista decide descender unas escaleras que la conducen a una fiesta del hotel y al tentador encuentro con su joven autoestopista. Algo así como un particular descenso a los infiernos para ella, que el realizador afronta a partir de un plano cenital de unas escaleras de caracol en apariencia inocentes, cuya manera de filmar revela la condición interior de su personaje.

Es otro ejemplo de las conquistas, casi imperceptibles, de una película refinada que busca lo sublime pero huye al mismo tiempo de todo efectismo. Quizás ahí resida el mayor elogio que puede recibir el filme, al perseguir lo profundo desde una ausencia palpable de ambiciones pero también desde un innegable compromiso con lo que cuenta. Cuando Ida decide su destino final, la cámara por fin abandona lo estático y la persigue sin importar que los baches del camino generen la única imagen inestable de la película. Inestable como el futuro, tan incierta como el próximo paso, pero tan apasionada como la decisión de la propia Ida.  Tan llena de vida como ella. 

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