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El viento se levanta (Hayao Miyazaki, 2013)

El viento se levanta parece impregnada de un inevitable hálito de tristeza, de melancolía o de desaliento. Recorre los más duros años de la historia de Japón durante el siglo XX, desde el gran terremoto de Kanto (1923) hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial, sin que pueda desprenderse de sus imágenes una contradictoria y sobrecogedora sensación: la desesperanza al descubrir la fragilidad de lo humano, frente a la belleza de haber presenciado lo vivido.

Hayao Miyazaki intenta poner en juego esta hermosa contradicción bajo el peso de lo vivido como tara con la que mirar al pasado desde una cierta amargura y una inevitable mirada afligida. Pero el poema de Valéry que presta su espíritu e inspira el título a la película salva al director con su mensaje: “se levanta el viento, debemos intentar vivir.” O, en otras palabras, dar lo mejor de nosotros en los momentos difíciles. Expresar todo lo que llevamos dentro sin saber a quién pueda llegarle. Miyazaki hace suyo el mensaje del poema con inusitada valentía. ¿Qué otra palabra sino valentía podría destinarse, acaso, al acto de concebir un biopic en torno a un personaje histórico a través de una película de animación?

El personaje histórico es Jiro Horikoshi, el ingeniero aeronáutico más importante de su país. Lo que empieza como una película de entreguerras termina siendo un melodrama propio de los años sesenta, como si el repaso a la historia de Miyazaki no terminase en los acontecimientos sino que recorriese también todo el cine de la época. Jiro es tan noble como otros protagonistas de la filmografía del autor: su sueño es diseñar los aviones más hermosos y más veloces jamás construidos, pero se siente culpable por el destino de sus invenciones en el conflicto bélico y la película parece hablar entonces de ese sentimiento trasladado al propio país. Un terreno espinoso afrontado, nuevamente, con innegable valentía.

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Y El viento se levanta habla de la culpabilidad no solo en el terreno bélico, sino que pone de manifiesto la tensión ejercida entre el trabajo y la imposibilidad de dedicarse a la familia. Jiro lo sufrirá primero con su hermana, a una edad temprana, y más tarde con su amada, cuyo reencuentro precipita la película a su tercer y más conmovedor acto. Aún a pesar de ese dilatado devenir de acontecimientos históricos, el poema de Valéry continúa vertebrando una historia en la que el joven Jiro se siente impulsado a compartir sus creaciones con el mundo, aunque eso le aleje inevitablemente de sus seres queridos. El mismo proceso parece ocurrir en Miyazaki, que siembra en cada gesto, con cada detalle, una bonita declaración de amor hacia el mundo. También en eso se trata de una película profundamente vinculada a la historia del cine de su país, en tanto que despliega una extraordinaria capacidad para recoger la sutil belleza de lo invisible.

El sentimiento de culpa, el dolor por lo perdido y el retrato del sacrificio personal que conlleva hacer justicia al poema de Valéry convierte a El viento se levanta en la película más sombría de Miyazaki. Como mínimo, la más solemne. No hay espacio ya para lo fantástico más que los propios sueños de Jiro. Un relato cubierto de desesperanza para llegar a hablar de la esperanza, bajo el idioma de una emoción sincera, de una calma turbulenta. Ese es el mayor triunfo de una cinta que invita a una grandeza de la que se habla sin grandes aspavientos, desde la pequeñez de un inofensivo avión de papel sobrevolando el balcón del ser amado. Dice Miyazaki que El viento se levanta es su última película. En la última secuencia, que se queda a vivir en los sueños de su personaje, los protagonistas se marchan y el plano queda vacío durante unos segundos. El tiempo justo para invitar a sus espectadores a penetrar en ese espacio y habitar su cine para siempre.

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