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El niño (Daniel Monzón, 2014)

Con el éxito de Celda 211 (2009) Daniel Monzón había conseguido acercarse cine de género con resultados rotundos, abandonando aquel espíritu ingenuo e insuficiente con el que el cine español aspiraba a repetir fórmulas y procedimientos de la industria americana como la única utopía posible para el triunfo comercial. Puede que la única película española que pueda ostentar ese título realmente sea el film de Monzón y, a partir de ahí, parece difícil no encasillar al realizador como autor de género por encima de cualquier otra consideración.  

El niño repite las mismas estructuras de su antecesora pero intenta ampliar, también, las dimensiones del relato. La película se abre con una persecución que coloca a dos agentes de policía como protagonistas, pero poco después abrirá aún más el foco hasta detenerse en un joven que inicia su travesía en el negocio de la droga, transportándola por mar a través del estrecho.

De modo que Monzón vuelve a la confrontación de los puntos de vista extremos para generar un interesante ejercicio de tensión (lo hizo en Celda 211 con la relación entre preso e infiltrado, y lo vuelve a hacer aquí entre policía y traficante). Identificarse con ambos personajes, la obsesión del policía por hacer justicia y los sueños de grandeza del chico, resulta inevitable. De ahí que los parámetros en los que se mueve El niño inviten a la implicación emocional: un cine de grandes dimensiones en el que los personajes son lo realmente importante.  

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Los personajes siempre en primer plano, incluso para una película sustentada en dos grandes persecuciones con el océano como escenario y una lancha motora y un helicóptero como participantes. Una situación que hilvana con éxito la búsqueda de lo espectacular con la integración de aquella acción dentro del relato. Esa cohesión entre los fuegos artificiales y la construcción de la historia deben hallarse las grandes conquistas de la película, aunque conviene hablar también de aquellos elementos por los que la solidez de sus planteamientos se desmorona ligeramente en su último tramo.

Quizá por un exceso de ambición o, tal vez porque tal y como está construido el relato es inevitable que aparezca un punto en el que continuar del lado del policía y del traficante ya no sea posible, en el último tercio de El niño se desvanecen las fortalezas y comienzan a aparecer las grietas de una ficción representada, en muchas ocasiones, a partir de clichés que lejos de adscribir la película al cine de género la relegan a ciertos lugares comunes de una producción española media, donde la identidad personal de la autoría narrativa es incapaz de sobrevivir. La inefable historia de amor del joven chico, la ausencia de equilibrio entre los dos protagonistas, la representación de las bandas organizadas a partir del tópico, la confluencia de tres culturas diferentes tratada sólo en su superficie… Elementos que hacen pensar en las grietas de la producción de gran tamaño y no en las bondades del relato que se intenta levantar.

Un montaje apresurado intenta poner todo en su sitio justo antes de la resolución final, pero ya parece demasiado tarde. Quizás sea bonito establecer comparaciones entre el film y el personaje que le da título, en tanto que ambos avanzan desbocados hacia sus deseos de grandeza sin reparar en los huecos que dejan a su paso. Sería imprudente no contemplar, mientras, la pasión que mueve a ambos. 

"El niño", de Daniel Monzón