Lucy (Luc Besson, 2014)

Se pregunta la campaña promocional de Lucy qué podría hacer el ser humano si pudiera utilizar el cien por cien de su capacidad mental. Quizá esa no sea la cuestión más importante, sino descubrir cuánto presupone Luc Besson que utilizan los espectadores de sus películas. Así sería posible situar, desde un punto de vista crítico, esa predisposición suya por el subrayado o su habilidad para vender como caviar la ingenuidad con la que construye sus proyectos, auspiciado por la permisividad que le otorga un cine festivo y de vocación trivial.

¿Puede considerarse festivo y trivial un film que termina intentando reconstruir la historia del mundo y la formación del cosmos? Tal vez habría que cuestionar cómo Besson aprovecha las grietas del cine de género, escudado en su vocación intrascendente, para terminar generando un discurso grandilocuente que supera en muchos casos sus cualidades como narrador.

Sin ese telón de fondo no es difícil advertir que el reclamo de las películas del realizador termina con su premisa inicial. No hay nada más interesante que lo que se plantea, situado a años luz de la forma en la que se plantea. En este caso, el material de partida intenta unir dos ideas diferentes con las que dar formar a la película: por un lado, la mujer anónima que ingiere una sustancia capaz de aumentar su capacidad cerebral; por el otro, una organización criminal comandada por un líder sin escrúpulos. La banda, además, de origen asiático, se pliega a las coordenadas estéticas del mejor cine comercial coreano de la última década.

Lucy, de Luc Besson

Y no es que la necesidad del argumento posibilite esta semejanza, sino que más bien pareciera que el realizador busque apoderarse del cliché asiático para adscribir su relato a las cualidades de aquellos a los que imita. En otras palabras, ¿para qué construir un discurso visual propio si se puede echar mano de aquello que ya existe? En ese sentido, no hay nadie tan cercano y tan alejado a la vez de Quentin Tarantino: mientras aquel se sirve de una amalgama referencial para hablar de algo nuevo, algo diferente, Besson convoca varias referencias de éxito para disfrazar su material de partida como si se tratase de algo tan bueno como aquellas.

La principal grieta por donde desenmascarar la verdadera naturaleza del material de Besson es a partir de los diálogos. Ha sido así siempre y esta película no es una excepción. Pero el gran pecado de Lucy es el mencionado subrayado: a cada diálogo le sucede una imagen tan aclarativa como redundante. Un procedimiento sistemático que puede llegar a parecer insultante. Resulta paradójico que el film sea más interesante cuanto más se aleja de los códigos del género, su pretendida atracción principal, y se dedica a explorar las posibilidades que ofrecen los poderes mentales desde un punto de vista científico.

Besson pretende combinar un film de Park Chan-Wook con el discurso filosófico de un Stanley Kubrick, un gesto ambicioso y vehemente que debe aplaudirse, pero los resultados terminan siendo contradictorios: el film de acción elimina toda posibilidad de sensatez (El Requiem de Mozart junto a la imagen ralentizada, otro cliché) y el film de ciencia-ficción se abandona, en sus últimos compases, a una borrachera de efectos visuales que, lejos de engrandecer los límites de su discurso, termina por empujarle a un ensimismamiento que resulta definitivo. Al terminar el film es difícil no lamentar la fugacidad del cine de Besson, un cine cuya llama se extingue demasiado pronto.  

Lucy, de Luc Besson