El amor es un crimen perfecto

El amor es un crimen perfecto (Arnaud & Jean-Marie Larrieu, 2014)

Sería fácil confundirse con El amor es un crimen perfecto y creer que su argumento es la auténtica pista a seguir, que la rigen las leyes de la lógica, como si se tratase de una película de cine negro en la que recomponer el puzzle parece fundamental.

Al hacerlo, uno olvidaría centrar su atención en la absoluta libertad de los personajes, que hablan y se mueven presos de un dulce estado que invita a pensar en la belleza de la improvisación, o a la relación de la cámara con los espacios, con la arquitectura de los lugares que recorre, o también a la manera en que sueño y vigilia se funden con armoniosa naturalidad.

Uno se perdería estas cosas si no advirtiera que, en realidad, estos hermosos detalles de la forma son también el fondo: el argumento, incluso en una película como esta con inconfundible sabor a thriller, no importa tanto como la manera de representar el relato, libre y plena de recursos creativos. Habría que fijarse en la manera de fotografiar a la hermana del personaje, con quien se siente incapaz de separarse debido a un traumático accidente del pasado, o a la manera de introducir a cada nueva amante del protagonista, un auténtico conquistador que parece transformar el arte de la seducción en un mero accidente. Ese don fortuito del personaje, a la manera de un Woody Allen interpretado de manera sobresaliente por Mathieu Amalric, es quizá el gran valor de la película, a caballo entre lo humorístico y el punto de fuga argumental.

El amor es un crimen perfecto

La sutileza de la puesta en escena de El amor es un crimen perfecto es otro aspecto en el que centrarse: los colores propios que pertenecen a cada espacio de la película, el hermoso trabajo con la banda sonora o una dirección de actores que transforma a conocidos intérpretes del panorama francés en afectados rostros víctimas de un escenario absurdo. En cierto sentido, y atendiendo a las líneas de diálogo con las que el protagonista responde a sus interlocutores, se trata de una película que se reconstruye a sí misma, que intenta recomponerse a través del diálogo y de una reflexión interna que sólo tiene lugar desde el plano visual, lo que podría entusiasmar a los amantes de la libertad expresiva y exasperar a los más acérrimos defensores de la coherencia argumental.

Quizás donde se encuentre su punto más comprometido sea en sus inquietantes elipsis. Son las mismas que vive el personaje, que descubre progresivamente que es sonámbulo y que no tiene control sobre buena parte de las acciones que le han llevado a la delicada situación que vive en el presente. Cuando la situación se desmadra y el pobre protagonista se siente esclavo de esa inconsciencia, la película se termina por precipitar hacia el terreno de lo poético, allí donde es más importante cualquier capricho, cualquier pequeño detalle, o cualquier reflexión por minúscula que sea, con tal de explorar los rincones más oscuros y también los más enriquecedores desde un punto de vista creativo. Lo único que queda entre medias, mientras la película se busca a sí misma, es un gratificante desconcierto.

El amor es un crimen perfecto