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El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013)

El cine de Scorsese es una punta de lanza. Discurre a tal velocidad y con tanta contundencia que genera un encuentro explosivo: la belleza de su propuesta estética confrontada a los actos salvajes que describe. Si el realizador consagra buena parte de su filmografía al universo de la mafia es por un deseo de llevar al cine aquel mundo de violencia que presencia durante toda su infancia y que siente que debería pertenecer a la ficción y no a lo cotidiano. A la manera en que Travis Bickle necesitaba de un impulso redentor al final de Taxi Driver (1976), el exorcismo de Scorsese pasa por llevar todos sus demonios al terreno del cine, su otra casa, el lugar donde refugiarse.

El lobo de Wall Street adapta la autobiografía de Jordan Belfort, multimillonario corredor de bolsa que confunde el hedonismo con el triunfo y que, tal y como ocurría en la Cosmopolis de David Cronenberg, se aleja progresivamente de la realidad hasta convertir su particular imperio del dólar en una frágil burbuja.  La moral no tiene cabida en un microuniverso donde las bacanales y los elogios del exceso se han convertido en una constante sin salida. Lo que parece interesarle a Scorsese, una vez inmerso en ese mundo sin reglas lleno de luces cegadoras, es observar, de manera sutil, cómo la integridad de los hombres justos, retratados siempre como auténticos imbéciles, hace que un cierto sentido de la moral se cuele a través de las grietas del relato hasta llegar a destruir esa falsa e ingenua supremacía del descontrol.

Si en algo es importante y sugerente la filmografía del autor es en la riqueza de sus significados formales: como gran amante y devorador de todo cine, podría hablarse de las obras en las que se inspira cada plano de sus películas. No se trata tanto de hacer crítica de cine a través de la imagen, sino de utilizar el legado fílmico, asumirlo a modo de influencia personal, como manera de reescritura salvajemente personal en la búsqueda de un poderoso lenguaje propio.

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El lobo de Wall Street no es una repetición de las fórmulas del mejor cine de Scorsese, sino en todo caso una reescritura de sí mismo, ejercicio mucho más complejo. Si aquel estilo había terminado de forjarse en Uno de los nuestros (1990) y alcanzar su imponente culminación en Casino (1995) este filme, en el que Joe Pesci se reencarna en Jonah Hill y la figura de Robert De Niro se materializa con la misma fuerza expresiva en Leonardo DiCaprio, se atreve a bucear en la depuración absoluta de unas formas en apariencia ya intransitables, reescribiendo el final de El aviador (2004) o haciendo uso de las conquistas narrativas que ya fundamentaban Infiltrados (2006).

Si la película no dedica el tiempo suficiente a un desenlace con mayor peso moral (por otra parte, tratamiento similar al que tuvo lugar en Uno de los nuestros) es porque el realizador siempre se ha apoyado en la estructura de auge y caída de sus protagonistas para describir cómo los propios acontecimientos devuelven a su lugar a cada personaje, prescindiendo de todo golpe de efecto final. Habría que acercarse a la manera en que se filma esa escena en la que Jordan Belfort consume droga por primera vez para descubrir que existe un sutil juicio moral alrededor de las imágenes. Un sombrío plano general, primero, que subraya el salto a las tinieblas de manera evidente, confrontado con el plano cerrado que se acerca a las sensaciones que experimenta el propio personaje. Es el triunfo de un autor que no teme acercarse lo suficiente al punto de vista de la historia que cuenta si eso le permite narrar todo cuanto le fascina de una manera igualmente fascinante. El lobo de Wall Street impulsa a creer de nuevo, como en la secuencia de Kyle Chandler en el metro, en un cine que no imponga una reflexión predigerida. Todo lo contrario: es el trabajo de un autor capaz de invitar a la reflexión a partir de una historia contada en primera persona con infinita valentía. Devolverle al cine, renovado tras incontables reescrituras, el rostro que siempre tuvo.

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