Agosto (John Wells, 2013)

Habría que conocer profundamente la obra teatral de Tracy Letts para hallar qué conquistas pertenecen a lo literario y cuáles pertenecen a lo puramente cinematográfico. August gira en torno a los conflictos familiares, que emergen de manera inevitable, cuando un generoso conjunto de personajes se reúne debido a la muerte del padre. Antiguas disputas salen de nuevo a flote, como si la charla entre ellos estuviese condenada a revisitar las discusiones del pasado, y las tres hermanas ven reaparecer los fantasmas de su infancia a través de una madre enferma que ha decidido dar rienda suelta a su cinismo en un momento en que ya nada importa para ella.

Se trata, pues, de un denso ejercicio actoral que recae en el elogiable trabajo de un gran equipo interpretativo, comandado por una Meryl Streep que convierte en cercana una creación llena de dificultades, y apuntillada por la presencia de Chris Cooper o Julia Roberts, que tratan de sostener el duelo con notables resultados.

Incluso cuando el universo de las palabras es aquí un claro protagonista, no conviene pasar por alto el ejercicio de puesta en escena que propone John Wells en una película con evidente estructura en tres actos y en la que el texto pareciera empujar más hacia el teatro filmado que hacia una correcta adaptación en el medio al que ha dado el salto. El esfuerzo por encontrar soluciones de puesta en escena que favorezcan la interacción entre los personajes, acompañado de una exquisita labor de montaje, invita a las imágenes a huir de toda actitud complaciente y potenciar la fuerza de unos diálogos crudos y demoledores que, de otra manera, podrían haber quedado ahogados bajo planteamientos propios de la película de sobremesa.

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Era el principal escollo al que se enfrentaba una obra poderosa de delicada adaptación. Precisamente, los momentos menos afortunados del filme provienen de aquellas secuencias en las que el diálogo desaparece. ¿Cómo afrontar las tres escenas en silencio de un guión como este, en el que todo está tan supeditado a la información que ofrecen sus diálogos? Mientras las escenas habladas buscan encuadrar a cada actor en torno a la importancia que ocupa en cada momento, los instantes libres de diálogo se disipan en la búsqueda de la poesía que ni la película ni aquellos momentos en sí mismos poseen, alcanzando un cierto tono impostado que debilita la fuerza de sus mejores momentos. Es quizá el único error de adaptación en un trabajo que bajo otras consideraciones resulta impecable.

El resultado de August es el de un filme con identidad propia, marcado por el uso de una oscura paleta de colores que no teme evidenciar los más sombríos sentimientos de sus personajes y ponerlos en un primer plano, también desde lo estético. Valorar la obra de manera positiva pasa por aceptar que sus dones pertenecen, en gran medida, a lo estrictamente literario, sin olvidar por ello la manera en que se han puesto en escena. El poder de sus frases, el conjunto de soberbias interpretaciones que hacen creíbles a cada personaje y la buscada sensación de continuidad con la que dar cabida a un ejercicio de tensión constante como principal protagonista son los argumentos de una cinta plenamente consciente de sus limitaciones y consagrada a relucir las virtudes de su punto de partida. Los elementos más discutibles puestos en juego existían ya antes de que existiera la propia película.  

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