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X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014)

Sería interesante hablar del despiste que sufre hoy Hollywood cuando uno de los más importantes y estelares repartos del año se encuentra en la continuación de una franquicia de superhéroes. Pero tal vez sería más urgente en el caso que nos ocupa hablar de una franquicia, la de la Patrulla X, que había sorteado los vicios cosechados en la trilogía original para encontrarse con un refrescante reboot, recuperados aquí al mezclar la inoperancia de sus antiguos procedimientos con las virtudes de la nueva generación.

En ese sentido, si la precuela ofrecía una necesaria vía de renovación esta película se encarga de dinamitarla vinculando pasado y presente de los X-Men (tanto en la ficción como con respecto a la unión argumental entre los diferentes filmes). Desde luego, la visión de Bryan Singer es más sólida que la de Brett Ratner, quien firmase X-Men: La decisión final (2006), pero su nueva película tiene poco que ver con muchas de las conquistas que firmase Matthew Vaughn en X-Men: Primera generación (2011), especialmente en la manera de mirar a sus personajes.

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Si en las dos primeras películas de la saga original Singer parecía poner más atención al mero hecho de representar a los personajes en pantalla, lanzando una mirada de admiración sobre ellos que terminaba por generar un incómodo estatismo de los intérpretes y una puesta en escena discutible, Vaughn intentaba profundizar con el reinicio en la mirada humana y en el conflicto global, dejando de considerar la trama de cada personaje como un mini-episodio que tenía lugar en el interior del filme y centrando la atención en uno de los grandes hallazgos de la nueva película (también del cómic): la tensión entre dos maneras diferentes de pensar encarnadas en dos grandes personajes (y dos grandes intérpretes), el profesor Xavier y Magneto, para los que James McAvoy y Michael Fassbender trascendían la caricatura para ofrecer poderosas creaciones de ambos personajes. 

Aquí el conflicto se desdibuja en la búsqueda de un argumento mucho más complejo y de un conflicto de proporciones mucho mayores, como si hubiésemos vuelto de nuevo a la filosofía del tamaño como medida de la épica. Las motivaciones de los protagonistas ya no parecen tan importantes como en la entrega previa, abocada a contar cómo se fraguaban esas motivaciones (la ligereza con la que Magneto vuelve aquí a las fechorías o con la que Xavier deja de tomar el suero que anula sus poderes resulta al menos discutible). De modo que lo que queda son las mismas virtudes de la película anterior intentando abrirse paso, colándose entre las grietas de una acción colosal, mientras Bryan Singer intenta reconducir el barco nuevamente hacia terrenos más personales.

La cuestión no es valorar si la mano de Singer es adecuada sino, más bien, si la vuelta del autor y de sus procedimientos tiene acaso alguna consonancia con la filosofía de nueva generación que había intentado impulsar la franquicia. Resulta significativa la vuelta de John Ottman a la banda sonora, autor también de la música de la segunda parte de la saga, prescindiendo del Henry Jackman artífice de X-Men: Primera generación. La vuelta de Bryan Singer parece tener más que ver con el puñetazo sobre la mesa, reivindicando el valor de sus anteriores filmes, que como proyecto de continuidad. No deja de ser irónica una película cuyo proyecto de renovación termina por proclamar que más vale quedarse con lo conocido. 

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