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Metéora (Spiros Stathoulopoulos, 2012)

Se habla mucho de Meteora como una película filmada en aquel lugar, patrimonio de la humanidad. Lo que no se dice es que habla precisamente de eso, de humanidad, del entendimiento entre dos personas más allá del lenguaje verbal y de los lazos que los unen. ¿Qué mejor lenguaje, pues, que el cine como expresión de ideas en forma visual para ese encuentro con el universo de lo no verbal?  

Meteora parte del silencio para poder llenarse de significado. Pone primero en escena el tamaño diminuto del hombre en comparación con el espacio que le rodea, contemplando su insignificancia, para luego poder explorar de cerca las pulsiones de un monje y una monja y la tensión que nace del encuentro entre espiritualidad y afecto. Y cuando lo que desea representar es el mundo del pensamiento y no la relación física entre ambos, entonces surgen secuencias de animación que escenifican, de manera metafórica y a la manera de los grabados del siglo XIV, ese mundo de pensamientos que también los vincula.

No se trata de una película accesible: sus largos silencios, sus escenas dilatadas y su alto contenido simbólico pueden convertirla en una experiencia espinosa, pero una actitud contemplativa podría revelar en ella no pocas virtudes: desde la belleza de sus encuadres, empeñados en poner en relación a hombre y paisaje, hasta las soluciones de puesta en escena con las que escapar de lo literal y acceder a imágenes que nos puedan hablar de lo invisible, de lo que se siente pero no se ve.

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En uno de los grandes momentos del filme, que se vuelve recurrente conforme avanza el metraje, los protagonistas se comunican a través de la luz reflejada en los espejos, como dos almas perdidas que intentan conectar desde la lejanía: una lucha por representar la presencia del espíritu. En otra larga secuencia, sin embargo, rodada en un solo plano, una charla conjunta desemboca en un arrebato pasional no exento de cierta violencia: la lucha por representar las pulsiones del cuerpo. Son dos instantes sobre los que gravita la película y que ejemplifican bien sus intenciones discursivas. ¿Cómo no abandonarse a esa búsqueda de ambos mundos al contemplar la humildad con la que la película aborda sus propios retos?

Mientras la monja se recluye en su monasterio, el monje la busca, la piensa, al otro lado de las montañas. El cuerpo como templo, como lugar sagrado e infranqueable. Puede que no haya mejor símbolo para hablar de la propia película: un objeto de difícil acceso, de ideas figurativas y abstractas, de arriesgadas soluciones pero con la capacidad de acoger a aquellos que se atreven a acceder en ella. Al terminar surgen nuevas preguntas: ideas representadas en imágenes, valentía para adentrarse en el silencio, soluciones arriesgadas… Sea una película más o menos acorde con nuestras ideas o con nuestros gustos personales, ¿no debería ser siempre ese el camino hacia el buen cine?  

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