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Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013)

Por la manera en que filma Jim Jarmusch a sus criaturas, casi se podría entender el vampirismo como la forma en que el ser humano se aproxima a la cultura y al tiempo pasado, absorbiendo a las personas (aquí literalmente) de las que puede aprender algo que todavía desconoce. De ahí que estos no muertos se hayan convertido en un irónico canto a la vida, y que esta sea una de las películas más llenas de humor de su autor. O quizás no sea del todo humor lo que sobrevuela sus imágenes, sino una sana despreocupación con la que poder acercarse a una mirada suspicaz sobre el mundo sin abandonar una mirada entrañable.

En Sólo los amantes sobreviven no importa tanto el recorrido argumental como el viaje que realizan sus protagonistas a través de lo ancho del mundo, aunque esa cualidad ya la poseía todo el cine anterior de este peculiar cineasta. Sus películas se han ido desvinculando de todo terreno narrativo, desnudando si se quiere, al tiempo que se cubrían de un trabajo visual cada vez más denso y hermoso, ya fuera con Christopher Doyle o Robby Müller en la fotografía, anteriormente, o con Yorick Le Saux ahora. Las acciones de los personajes y los movimientos de cámara que los acompañan parecen indisolubles, como si no fuera posible concebirlos de otra manera.

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Quizás sea ese dominio del lenguaje lo que propicie que su libertad argumental, en apariencia caprichosa y desdibujada, continúe explorando terrenos poco transitados sin perder un solo resquicio de su capacidad hipnótica. Lo que parecen expresar sus movimientos circulares y sus planos vacíos tal vez tenga más que ver con la soledad universal del hombre que con cualquier cuento fantástico. Esa búsqueda del conocimiento termina expresada en la sangre, un bien escaso que los más antiguos cuidan como a un tesoro y los más jóvenes aún lo tragan sin apenas saborearlo. Quizás esa metáfora se encuentre cerca del discurso que Jarmusch plantea en torno a las artes, una discusión que sobrevuela todos los diálogos del filme.

Resulta interesante reparar en los nombres de la pareja protagonista (Adam y Eve) y pensar en sus implicaciones. Ya no importan tanto los lugares que recorren como el poder comprobar que su deambular es tan eterno como el mundo. De ese modo no sería descabellado pensar en estos vampiros, realmente alejados del imaginario popular, como figuras que han escapado de un cuadro renacentista y tratan de entender un mundo que ya les resulta del todo ajeno desde el afecto que les produce su memoria. La pareja recorre lugares que conocía, transformados ahora por completo, del todo irreconocibles. En ese paseo la belleza de los planteamientos formales da paso, como protagonistas, a la belleza de sus interrogantes.  Quizás en ese mundo que desaparece de manera silenciosa se encuentre la razón de existir de unas figuras como ellos, conciencias que atraviesen las épocas y traigan a la memoria, de nuevo, aquello que merece conservarse. Aún cuando se encuentran por completo desencantados, tristes al ver cómo el mundo que conocían se encuentra al borde de la extinción, condenar a la vida eterna a otra joven pareja sigue teniendo sentido si aún sienten que todo cuanto han vivido ha valido la pena.  

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