The Imitation Game (Morten Tyldum, 2014)

The Imitation Game [Descifrando Enigma] (Morten Tyldum, 2014)

 

Habría que remontarse exactamente treinta años atrás, a la oscarizada Amadeus (Milos Forman, 1984), para encontrar la sublimación del modelo académico que propone una vez más The Imitation Game. Alan Turing – personaje real al que Benedict Cumberbatch da vida haciendo un eficaz uso de los tics interpretativos que le han convertido en celebridad con la serie televisiva de Sherlock Holmesse sienta en una comisaría y le confiesa al agente toda una vida de penurias y de genialidades jamás reconocidas. Treinta años para constatar no sólo que aquel caduco modelo continúa utilizándose como supuesto dispositivo de relato solemne, sino que además sus conquistas han dado un paso atrás al simplificar las formas que lo hacían posible.

Convendría luchar contra el argumento, del todo peregrino, de que aquella película que muestra a un personaje o período importante de la historia es ya, de por sí, una obra estimable. No ya porque la cultura general sea cuestión de la formación personal de uno mismo y no misión o función del cine del espectáculo, sino porque esta trampa de la supuesta “función pedagógica” del cine no hace más que cubrir con el velo de la permisividad productos que navegan alrededor de una mediocridad más que evidente: The Imitation Game navega con un piloto automático que la desvincula de toda personalidad tras la cámara, impone continuamente en qué momento debemos emocionarnos, cuándo hay que llorar o cuándo hay que reír, y no le importa traficar con la biografía de un personaje real si eso permite explotar a toda costa la imagen de un santo con la que el público pueda conmoverse.

En ese sentido, la película no podría estar más lejos del hecho real, en tanto que aunque intenta reproducirlo fielmente, lo único que consiguen los mecanismos propios del cine de la gran industria es caricaturizarlo, endulzarlo hasta alienar la esencia original, en cierta manera. Quizás ese sea el gran fracaso: se nos desea transmitir una historia inaudita a través de procedimientos narrativos del todo conocidos y anodinos. El resultado es un relato a todas luces previsible, construido a modo de engranaje mecánico, donde sus piezas encajan y su popularidad nos invita a sentir el confort de encontrarnos con algo familiar, pero donde es difícil hallar algo de pasión o de libertad creativa.

The Imitation Game (Morten Tyldum, 2014)

A este respecto, el de las disciplinas creativas de la película, habría que encontrar en la banda sonora de Alexandre Desplat un motivo más para pensar que el engranaje artístico de primer nivel sobre el que se construye The Imitation Game está sustentado más en la artesanía del trabajo rutinario que en una labor creativa de inspiración genuina. Desplat construye la banda sonora en modo menor con el deseo de que la tragedia que impulsa la historia pueda aflorar y expandirse. Pero justo en el corazón de su tema central, en esa melodía recurrente que describe al protagonista, aparece una simple nota, una variación en modo mayor que por un momento diluye el drama y revela que al compositor, como al film, le interesa más la dimensión del genio, de la personalidad impenetrable, del mago que saca de su chistera una máquina para descifrar códigos, que el propio poso dramático de un personaje engullido en el olvido impuesto por las autoridades americanas.

Bastaría con llegar al epílogo, esa última escena al borde del bochorno que trata de poner de relieve cuánto ha sufrido Alan Turing, para descubrir que The Imitation Game no tiene ningún pudor en utilizar los más zafios procedimientos con los que empujar a sus espectadores a la lágrima fácil a toda costa, lo que revela la auténtica naturaleza de la película y pone en cuestión, una vez más, su discutible labor pedagógica. Sería muy peligroso confundir con la excelencia cinematográfica una película tan preocupada por seguir al pie de la letra los manuales del éxito, por abandonarse al subrayado y a la espectacularidad gratuita que el biopic de Alan Turing termina mostrando la ausencia de un alma propia que consiga rescatarla de la memoria, eso que ella misma desea para su sufrido protagonista y que ha olvidado para sí misma.

The Imitation Game (Morten Tyldum, 2014)