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Obra 67 (David Sáinz, 2013)

Lo que parecía una comedia de situación se convierte, de repente, en algo cercano a Funny Games (Michael Haneke, 1997). ¿Cómo abordar una película, engullida por el humor en su primera mitad, que revela su verdadero tono una vez superado su epicentro?

David Sáinz podría parecer heredero de una cierta concepción del diálogo en la pantalla cercano a los monólogos de Quentin Tarantino. El mismo tema que gira en círculos sin llegar a ninguna parte, con las imperfecciones y las redundancias propias de la vida misma. Pero la película desvela pronto que en ella hay más tragicomedia de lo que puedan aparentar sus dos personajes principales, convertidos en auténticas caricaturas, como si su diálogo sonase poco sensato no tanto porque los interlocutores cuenten con pocas luces sino, sobre todo, porque la situación vital es desesperada y arriesgarlo todo en un segundo ya no parece tan mala idea.

Se inicia, a partir del trabajo con el diálogo, un relato cuyas entrañas están provistas de una peculiar e imparable fuerza narrativa. Juan escucha las aventuras de su padre (poderoso e hipnótico Antonio Dechent), recién salido de prisión, y los métodos para ejecutar robos sencillos y sustanciosos en chalets de lujo. Cuando cree que aquello le abrirá las puertas hacia una vida nueva, convence a su amigo Cristo para asaltar una vivienda deshabitada.  

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Lo que encuentran en la casa, vacía en apariencia, revela el auténtico tono de lo narrado y precipita la película hacia un callejón sin salida. La valentía de David Sáinz al penetrar en la oscuridad de su relato, con todas las consecuencias que comporta su decisión, transforma un material de partida tan ingenuo como macabro en una propuesta de asombrosa solidez que arroja luz sobre sus virtudes como cineasta.

Incluso en el espacio cerrado de la vivienda, donde es difícil maniobrar para encontrar soluciones eficaces de puesta en escena, la película encuentra siempre una brillante manera de continuar su personal in crescendo narrativo. En cierto modo, Obra 67 pareciera interrogarse en torno a qué sucedería si, tras cada nudo de la trama de un guión convencional, el relato girase bruscamente y se adaptase a las convenciones de otro género, completamente opuesto al anterior. Y es esa capacidad para cuestionarse a sí misma lo más sugerente de una película punzante, absoluta bomba de relojería, capaz de hurgar en lo más oscuro del ser humano sin perder nunca sus pinceladas humorísticas.

Qué delicado equilibrio, y qué fascinante combinación de elementos contrapuestos. La ópera prima de David Sáinz, dotada de una ingobernable identidad propia y con exquisita habilidad para sortear sus propias limitaciones, es capaz de aterrar con su cuento macabro y de flirtear con el humor a partir de las charlas imposibles entre sus dos jóvenes protagonistas. Es capaz de hablar de los rincones más oscuros del alma de manera progresiva, como si se tratase de una muñeca rusa, pero también de conmover a partir de los sacrificios de un padre por su hijo. Lejos de limitarse a advertir sobre el futuro de un cineasta prometedor, Obra 67 se sirve de muy pocas herramientas para abrazar el imparable deseo de hacer películas por encima de todo y terminar golpeando, con contundencia, al cine del presente. 

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