Aquel no era yo (Esteban Crespo, 2012)

Hace tiempo que las maneras de llamar la atención sobre situaciones de injusticia siguieron el camino de las políticas del presente en torno al marketing agresivo, consumadas por las grandes compañías, para disparar un mensaje poderoso capaz de llegar al espectador a toda costa. Todo vale entonces, más aún cuando las buenas intenciones que subyacen bajo la campaña otorgan al resultado de una cierta permisividad. No sólo vale todo sino que, además, todo está permitido.

Aquel no era yo propone una visita, en primera persona, a un conflicto africano indefinido en el que los soldados niños encuentran pronto el protagonismo absoluto. Indefinido, porque la historia es en realidad una denuncia universal y contextualizar la ficción supondría también desdibujar buena parte de su poder comunicativo.

Esteban Crespo filma un relato cuyo deseo radica en servir de homenaje a aquellos voluntarios que intentan mejorar situaciones ajenas y que terminan viéndose implicados en el conflicto, al tiempo que comunicar la realidad de los niños soldado focalizando la historia en uno de ellos, convertido en protagonista y, aquí sí, poniendo rostro y voz desde lo concreto para que la denuncia universal encuentre un símbolo desde donde poder edificarse.

Los problemas comienzan al descubrir que, de manera muy poco sutil, Aquel no era yo se sirve de todos los elementos posibles a su alcance para alcanzar una potencial manipulación afectiva que imponga una forma de pensar, empujando al espectador a una reacción concreta y premeditada. Es decir: un cortometraje que pretende denunciar cómo se imponen las ideologías de la violencia y la deshumanización en los niños africanos imponiendo, a su vez, lo que hay que pensar sobre todo ello. Se trata, en el fondo, de la misma forma de imposición, de la misma ausencia de toda reflexión posible. El mensaje de denuncia viene acompañado de una comprensible, inevitable urgencia, a partir de la cual todos los elementos de manipulación parecen haberse convertido en legítimos.

Permanece en primer plano el constante juego con la tensión narrativa, propio del thriller y más cercano al mundo frívolo del entretenimiento que al relato sincero de denuncia. La música, un tema que se repite hasta tres veces, parece más enfocado a la búsqueda de una emoción impostada, ajena al relato que acompaña, que a una verdadera vocación narrativa que conduzca a las imágenes. Tampoco falta el uso forzado del flashback, que muestra al niño soldado ya adolescente ofreciendo su testimonio a otras personas. El recurso se propone dentro de una política de montaje paralelo que, lejos de integrar el elemento con naturalidad en la película, otorga una falsa sensación de complejidad a la historia que pareciera legitimar aún más su discurso, pero que realmente no está ofreciendo ninguna utilidad real al desarrollo.

En definitiva, el montaje queda también al servicio del espectáculo y de las consideraciones mal entendidas sobre un supuesto sentido del ritmo. Lo que termina generando Aquel no era yo está lejos de generar sentimientos de impotencia o de imponer esa buscada idea de la indignación a toda costa. Su falta de pudor termina por invitar al rechazo. 

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