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Nebraska (Alexander Payne, 2013)

Puede que, en muchos sentidos, Nebraska sea la mejor película dirigida por Alexander Payne. No ya por la manera de dominar los tiempos del brillante, profundo y conmovedor guión de Bob Nelson, sino por hacer suya una tradición fílmica que no le pertenece y a través de ella poder acercarse a la historia de Woody Grant, el anciano que recibe un mensaje publicitario asegurándole haberse convertido en millonario.

A partir de esa premisa se inicia un viaje en una sola dirección pero de múltiples significados, desde el reencuentro entre padre e hijo, que terminará por descubrir la naturaleza de las relaciones familiares, hasta la travesía del propio padre en su búsqueda del acto memorable capaz de dar sentido al tramo final de su vida. No se trata de un acto caprichoso o de una necesidad repentina: Woody Grant lleva buscando su hazaña particular muchos años. De hecho la película comienza con el anciano ya en tránsito, como si su cruzada no se hubiera iniciado esa misma mañana sino mucho tiempo antes, en su interior.

David, su hijo, atraviesa un momento delicado. Su presente le conduce a una mediocridad de la que no sabe cómo escapar, quizás porque nunca se ha atrevido a enfrentarse consigo mismo. El viaje que emprende con el peregrino deseo de satisfacer a su padre le ayuda a entender de dónde viene su familia y, así, tal vez poner en perspectiva cuál puede ser su lugar en el mundo.

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El trabajo musical de Mark Orton como compañero de viaje no es en absoluto intrascendente: el tema principal se repite de manera insistente para recordar que Woody puede olvidar muchas cosas pero jamás olvida la razón de su viaje, motivo presente que le empuja a caminar hacia delante. La eficacia de la banda sonora reside en su capacidad para separar espacios como si se tratase de los capítulos de una novela y para vincular, de forma emotiva, el espíritu de diferentes tramas que realmente dialogan sobre un mismo tema.

El realizador ejecuta esta particular road movie desde su estilo invisible, profundamente funcional pero también concienzudamente planificado: como soberbio guionista ama las grandes historias y no desea anteponer jamás un movimiento de cámara a la importancia de lo literario en el film. Ahí reside el triunfo de Payne, cuando intenta sumergirse en su película de la forma en la que Yasujiro Ozu podría mirar el mundo. No sólo por la manera de colocar la cámara o por cómo se acerca a sus personajes, con infinita paciencia y con un amor profundo, sino sobre todo por evocar la imposibilidad del entendimiento absoluto entre generaciones distintas, con una sutileza cercana a la del maestro japonés.

Y en ese sentido Nebraska podría entenderse como una pequeña Cuentos de Tokio de Occidente, en tanto que material argumental y espíritu cinematográfico remiten a aquella obra maestra y dialogan con ella: ha pasado el tiempo pero las barreras comunicativas no han cambiado, los conflictos se transmiten de padre a hijo y la cámara sólo puede detenerse a capturar la belleza fugaz de esos cuerpos que dudan, que buscan y se resisten a conformarse con la ausencia de respuestas. Ozu lo sabía y Payne ha seguido las huellas de su descubrimiento.  

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