Philomena (Alexandre Desplat, 2013)

El amante de la música para cine debe agradecerle a Alexandre Desplat, y mucho, el hecho de que todavía hoy exhiba buena parte de su espíritu rebelde, irónico e imprevisible que caracterizaba sus primeras y más brillantes partituras, precisamente ahora que se ha convertido en una de las grandes figuras de la banda sonora en Hollywood y la cantidad de trabajo lo arrastra hacia la apatía y la intrascendencia.

Basta con escuchar el tema principal de Philomena, incluida en el corte homónimo, para descubrir que la ironía subyacente partirá de la orquestación y se extenderá al clima general de las piezas de una manera sutil pero omnipresente. Es uno de los pocos compositores de la actualidad capaces de integrar pasajes grotescos, que profundizan sobre el lado tenebroso de la película, en un conjunto de indudable delicadeza sonora.

Pero, en este caso, son mucho más interesantes las variaciones del tema que el propio tema central: Airport recupera la melodía recurrente bajo la orquestación que se ha convertido en un estándar del músico y en una marca de fábrica, esto es, la orquesta de cuerdas como fondo y el piano como narrador. En este caso, además, ciertos adornos en la melodía y una suave guitarra a modo de eco puntean un fantástico corte que explota, con hermosa contención, las potencialidades del tema principal.

Resulta curioso comprobar que los temas secundarios contienen un poder emocional mucho más marcado que el principal. Prueba de ello son Landing in USA o Discovering Michael, mientras que el tema de Mary integra dos de las grandes ideas musicales del disco para generar, de su fusión, uno de los momentos más hermosos y de mayor solidez narrativa de todo el trabajo. En la misma línea se encuentra Anthony’s Story, haciendo uso de las mismas frases melódicas.

Confession abunda en estas conquistas de una manera mucho más introspectiva. Es esta pieza o en una de tono similar, como No Thought of Ireland, donde la música olvida la necesidad del pasaje guiñolesco que diluía parte de su poder expresivo para volverse aquí realmente poderosa.

No son virtudes todo lo que aparece en el score de Desplat. También hay momentos para el compositor más apático y rutinario, que ha salido a relucir tras las enormes cargas de trabajo asumidas con el paso de los años. Sólo que aquí Desplat aprovecha la música de situación, la que permanece en un segundo plano, para abandonarse a una mediocridad indigna de las piezas más importantes. De esa peor cara del músico surgen cortes como Adoption o Sister Hildegarde, aunque cualquier corte mediocre remonte el vuelo en cuanto los temas principales se adueñan de la narración musical. Sea como fuere, Desplat encuentra siempre un momento para el aplauso.