Luna Nueva (Chris Weitz, 2009)

NewMoon

Chris Weitz fue el responsable hace ahora tres años del descalabro de New Line Cinema con su dirección del proyecto La Brújula Dorada, defenestrada por el público que se había cansado en aquella época de las sagas épicas y las franquicias interminables.

El director retorna al primer plano de la actualidad con, posiblemente, el plato más suculento para un director hoy en día. Una secuela muy esperada, una película que no concibe el fracaso, respaldada por una legión de fans que no llegan a la mayoría de edad y que posibilita que sea este cuento de dudoso interés la franquicia más exitosa de todas las que ha poblado esta década, rica en la falta de riesgo empresarial y amante de los valores seguros con las sagas de tres (o más) entregas.

Es precisamente ese éxito el que permite que Luna Nueva se conciba con mayor libertad que su predecesora. También con muchos más medios, efectos especiales de impresión, mucho más planificada, pensada, diseñada, medida, casi milimetrada para no defraudar a sus seguidores y continuar manteniendo la expectación.

Desde luego la historia gana muchos enteros esta vez. Ya no se trata de una historia de amor lacónica y abrumadoramente cursi sobre un chico vampiro y una chica inadaptada que encuentra en el joven atractivo la manera de escapar de su realidad. Se trata de un retrato de la pérdida del amor y de los infiernos por los que un ser humano es capaz de transitar en ese estado donde el sufrimiento lo conduce a actos impropios de sí mismo.

Que la película se permita ese nivel de oscuridad, de profundidad y de desarrollo, con los fantasmas (en este caso, literales) del amor pasado que aparece y reaparece para dar cuenta de la infelicidad del hoy y la imposibilidad del ayer resulta, como mínimo, más valiente que cualquier película con el público adolescente como espectador objetivo.

Lástima que este tipo de filmes también necesiten siempre desembocar en resoluciones simplonas y condescendientes, y buena parte de las complejidades que ha sido capaz de construir queden diluidas por el deseo de regresar al cuento de hadas tan llano y popular que termine reivindicando su vulgaridad a gritos casi sin quererlo.

Que nadie espere una película profunda y emocionante. El material sigue siendo el mismo: literatura barata que mezcla géneros a su antojo sin ninguna piedad, que desarrolla hilos previsibles con la ingenuidad de quien crea una obra maestra, todo ello cimentado en una historia de amor de interés incierto.

Luna Nueva tampoco renuncia a explotar los elementos que la han convertido en lo que es: las caras bonitas. Planos en cámara lenta para presentar a los personajes principales, música pop omnipresente en todas las escenas, casi nunca con interés ni con utilidad narrativa, sino como meros pastiches comerciales, planos deliberadamente centrados en los cuerpos de los actores… en definitiva un espectáculo circense destinado a satisfacer a las masas y sus incontables exigencias.

Aguirresarobe, consagrado ya como uno de los mejores fotógrafos del mundo, se muestra aquí poco dado a acometer riesgo alguno. La incapacidad narrativa de Chris Weitz también tiene mucho que ver. La iluminación y la estética del filme son perfectas, no así una perezosa puesta en escena y unos previsibles encuadres, propios más de la televisión que de un filme de este calibre.

Alexandre Desplat no es Carter Burwell. Aunque el compositor francés ha hecho en los últimos cinco años algunas de las mejores bandas sonoras de Hollywood de los últimos tiempos, Luna nueva parece no interesarle demasiado. La partitura resulta tan opaca y poco interesante como la dirección o la fotografía. Todos los elementos artísticos resultan funcionales y competentes, pero ninguno destaca en su apartado, como si el miedo al riesgo o la apatía reinante se apoderasen de todos los grandes nombres que trabajan tras la cámara.

Sorprendente segunda entrega de la saga Crepúsculo, que mejora con creces respecto a la anterior, que aborda temas interesantes bajo una óptica generalmente infantil, que mejora considerablemente en su tramo final, cuando el trasfondo vampírico muestra sus entrañas y la historia de instituto queda enterrada bajo el subsuelo de una trama, al menos, digna de ser vista.