Los Crímenes de Oxford (Alex de la Iglesia, 2008)

El temido regreso a la pantalla de Álex de la Iglesia viene con muchas promesas de cambio por parte del propio autor. Promesas que se materializan en una adaptación de material ajeno, en el cambio en la producción al cruzar el charco y formar una película con reparto y capital extranjero y, lo más importante, el necesario reto de cambiar de forma y estilo en su manera de hacer cine.

Al ver la película, ya casi desde su comienzo, se pueden constatar dos cosas: Una, el intento del director es totalmente honesto y buscado en cada una de las escenas, en cada uno de los planos que integran la película, y la búsqueda constante de un nuevo lenguaje es todo un acierto en la carrera fílmica del español. Dos, el intento queda ahogado por la costumbre, por los procesos ya conocidos, por la imaginería acostumbrada del autor, y acaba de nuevo empozado en un estilo y discurso que ya se sabe agotado y que no se disfruta en ninguno de los momentos en que aparece.

 

La dirección pesada y sin concepto de De la Iglesia obliga a que la narración a veces se diluya en una planicie sin remedio, abocada en unos actores que no saben bien cómo proceder y a los que el director da rienda suelta, formando una especie de despiste colectivo donde lo único que mantiene en pie la película parece ser el nimio argumento.

 

Guión bien hilvanado por otra parte, que sabe moverse en los terrenos del cine y que adapta de forma brillante una típica historia de misterio de “inteligente” desarrollo y que desea poner a prueba tanto al espectador como al protagonista. El acierto de la película es hacer partícipe al espectador de este juego, y de este modo la propuesta se vuelve divertida y agradable de seguir, sabiendo que asistimos a una trama de tantas como ya hemos visto, pero que se deja ver con fluidez y que mantiene el interés hasta su loable resolución.

 

Dada la mala dirección de actores de la que hace gala el realizador, cada uno de los actores principales tiene desigual fortuna. John Hurt queda con total libertad creadora, encarnando a uno de sus personajes “a la inglesa” favoritos, interpretado a veces con histrionismo o con humor desenfadado, poniendo a prueba la propia solvencia del personaje en un contexto amenazante, pero regalando una actuación sencilla y carente de pretensión, cosa que posiblemente sea su mayor virtud.

 

Elijah Wood queda (como de costumbre) a la deriva, y sus ojos cristalinos y asustadizos a veces hacen dudar de si sus cualidades son adecuadas para este papel, dada la limitada capacidad gesticular del actor en una película donde los primeros planos y los pensamientos en voz alta de los personajes son tan importantes.

 

Leonor Watling, espectacular como siempre en su maravilloso físico, resolutiva en su actuación, también queda perdida en un personaje que prometía tener mil matices en el guión pero a los que la actriz no sabe dárselos, seguramente también por falta de indicaciones del director, que parece centrado más en la creación de una atmósfera que en dirigir a sus actores. La actriz española empieza a correr el peligro de encasillarse en este tipo de papeles, eternas secundarias en las que el argumento no parece ir con ellas.

 

La supuesta innovación en el lenguaje cinematográfico de De la Iglesia parece querer estar abanderada por un (falso) plano secuencia, que abarca a todos los personajes en su propio contexto, editado digitalmente para poder ser más largo de lo que es, y que está encaminado al deseo de demostrar la virtuosidad narrativa de su director. El problema es que éste falla en muchos otros momentos que a priori resultaban menos comprometidos, pero que terminan comprometiendo tanto a las escenas como a ese supuesto virtuosismo que por momentos desaparece completamente.

 

La sombra de Hitchcock es alargada, pero también lejana, nunca alcanzada. Película de atmósfera bien conseguida, con una música de Roque Baños firme, aceptable y adecuada, aunque nunca sobresaliente. El problema es que la película parece irse de las manos en varios momentos, como si no estuviese organizada ni bien planeada, como si el tiempo de rodaje no hubiera sido suficiente.

 

Nos quedamos con la idea de película ligera, de agradable visionado, con esos giros argumentales bien expuestos, con la adorable Leonor y su encandilante brillo en pantalla, y con el punto de inflexión estilístico que el filme supone para el autor y que promete la firma de buenas obras en un futuro próximo.