Expiación: Más allá de la pasión (Joe Wright, 2007)

El arte de adaptar material literario a la gran pantalla es un ejercicio delicado e infravalorado desde el principio de la historia del cine que no abarca ya la habilidad para traspasar una historia de un medio artístico a otro tan diferente. Lo realmente difícil es encarar con valentía el reconocimiento de que no todas las buenas novelas son un buen material para realizar una buena película.

El gran error de Expiación y de Joe Wright es el de no haber reconocido a tiempo que el material literario de partida queda tan absurdo en la pantalla que la película, se ruede como se ruede, no será propicia ni de un serial televisivo.

Sin embargo, la pesadilla llega cuando el presupuesto de Expiación pertenece a una verdadera superproducción destinada a acaparar el máximo número posible de nominaciones a los oscars, a base de una constante filigrana que desdibuja el discurso y apuesta por la sensiblería gratuita y el efectismo más evidente.

La película arranca con un prólogo infinito, una explicación de por qué el amor de los personajes es imposible y que radicará en la culpabilidad vital eterna de un personaje que (cinemáticamente) debería ser totalmente secundario y que termina siendo el verdadero y ridículo protagonista.

Tras este arranque, de brillante factura técnica, de “arriesgadas” innovaciones narrativas teniendo el cuenta el público al que va dirigido, (muchas escenas son contadas dos veces, a través de perspectivas diferentes. Wright pretende así, ingenuamente, mostrar que la verdad es relativa y que depende del punto de vista, y esa torpe premisa quiere justificar las acciones de sus desdichados personajes), de duración pausada y que jamás aventura un cambio hasta que lo tenemos encima, pasa a continuación a un paréntesis (que termina siendo aún más infinito) del protagonista en la segunda guerra mundial.

Un paréntesis que rivaliza en torpeza narrativa al peor Anthony Minghella y que termina por ofrecer lo devastador que puede ser una producción tan cara al servicio de un autor que se mueve en un terreno que le es totalmente ajeno: un enorme plano secuencia, posiblemente el peor de la historia del cine, tan largo, enorme, espectacular en su diseño de producción, totalmente derrochador, infinidad de tropas militares desembarcadas en una playa, y un ridículo vaivén de la cámara que pretende mostrar de forma totalmente efectista los estragos de la guerra en los propios soldados. Lamentable.

Para terminar, la película vuelve a dar un giro y se termina centrando en el ‘protagonista que no debería serlo’, para continuar otros cuarenta y cinco minutos en la más pura nadería y condenar la cinta al ostracismo total. Finalmente, por si la vergüenza no había llegado hasta su extremo, el epílogo se remonta hasta la época actual, donde el personaje, ya anciano, relata su experiencia ante una cámara y ante la ausencia total de criterio de una película que navega en tantas aguas y de forma tan difusa que termina por hacer reír.

Las ambiciones de Expiación son tremendas, no ya por su presupuesto, sino por cómo pretende tratar el material que expone. Quiere contar una tragedia de proporciones épicas y de una duración temporal que abarca toda una vida, pero fracasa en cada uno de sus pasos, a pesar de su exquisita estética (el punto fuerte de su autor), su maravillosa música (el mejor Marianelli por fin realiza un trabajo completamente maduro) y una mirada hacia el mundo femenino hermosamente conseguida.

Joe Wright fracasa en su intento de dar un paso más allá en su evolución, intenta dar un valiente salto cualitativo que no consigue, con el que cae estrepitosamente al efectismo más barato y desagradable que pueda imaginarse, tratando al espectador de tonto y apoyándose una y otra vez en elementos que no le ayudan en ningún momento.

Primero el director quiere apoyarse en estéticas diferentes para cada momento, o esa es su intención, pero le pierden los colores pastel y las luces transversales sobreexpuestas, le puede la cursilería y el romanticismo exacerbado aunque no tenga lugar en la escena, y siempre le ha podido su ingenuidad al descubrir un nuevo elemento cinematográfico y exponerlo como un gran descubrimiento al mundo, sin tener en cuenta los mil referentes anteriores a él. El autor cree realmente estar haciendo historia cuando en realidad no nos cuenta nada nuevo.

Y ese es el problema también de la película, el creerse a sí misma una impoluta obra maestra recubierta de belleza. Enorme belleza estética, sí (la nimia presentación de unas enfermeras caminando por unos pasillos dura todo un corte de la banda sonora!), pero de una nulidad narrativa absoluta, y de una estructura argumental tan absurda y tan mal ensamblada, tan mal contada en cada una de sus partes, que constituye un verdadero castillo de naipes caído antes de empezar a ser montado.

Lo verdaderamente lastimoso es pensar que Joe Wright no será castigado esta vez por su valiente pero fallido intento. Lo lamentable es pensar que, con total seguridad, sea la película más premiada en la filmografía de su director.