La Escafandra y la Mariposa (Julian Schnabel, 2007)

En una época donde el cine parece querer expresar el final de la forma conocida, la crisis del discurso cotidiano y la ausencia de todo argumento posible, Julian Schnabel, bajo su constante compromiso con la idea de hacer cine sobre las personas, ofrece la certeza de que el formato presente aún es posible.

El argumento, una representación veraz y personalista de la obra homónima, está centrado en torno a la figura de los últimos días de su protagonista, ‘encerrado’ bajo una parálisis total, y su decisión vital de poner en palabras los sentimientos de esos momentos. Podría decirse que es una mera reconstrucción de lo acontecido en el libro.

 

Sin embago, nunca hubo un traspaso a la pantalla tan brillante de un material literario. La forma cinematográfica toma forma al hacerse patente las intenciones de convertir la película en una experiencia personal, que protagonista y espectador sean uno sólo y que compartan tanto la experiencia como los recuerdos.

 

No se basa, pues, en reconstruir los hechos, sino en construir una realidad física, plástica, colorista y realista al mismo tiempo, matizada magistralmente por el arte de Januz Kaminski, fotógrafo que no sólo vuelve a sorprender, sino que va más allá y gracias a su trabajo construye una obra particularísima, donde cada escena tiene una textura diferente, propia e intransferible, un trabajo perfecto de iluminación al servicio de una historia profundamente humana.

 

Schnabel no se centra en las miserias humanas ni apunta su película hacia la grandilocuencia, como ya haría antes Alejandro Amenábar con un material muy parecido, sino que trata de ilustrar el sufrimiento personal no a través de la conmiseración del personaje, sino de la identificación total con él.

 

En este contexto, las metáforas visuales (que dan nombre tanto al libro como a la cinta) son tan necesarias como llenas de una poesía contenida, sin lugar para los excesos, matizada por un hábil y portentoso montaje, sublime edición que también dota de un maravilloso ritmo al metraje.

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Construcción también perfecta en la estudiada combinación entre tiempo presente y pasado que se evoca a través de elementos que empujan al personaje a recordar. Cada escena viene enriquecida por su anterior, y por todas las que le preceden. Se funden así el peso narrativo con la perfecta importancia de cada una de las secuencias que forman parte del filme. Cuenta con tantos aciertos y virtudes, que es imposible no disfrutarla, no inmiscuirse en el impacto emocional que suscita la historia.

 

Fantástico trabajo de Max Von Sydow en apenas dos secuencias, logra la creación de un padre tan humano como absolutamente creíble, y al igual que todos sus compañeros de reparto, logra elevar a gran altura la representación visual del filme.

 

Hermosa banda sonora, ahogada quizás por un exceso en la elección de música de archivo, que parece acompañar (nunca conducir) las imágenes con las que está casada en la película.

 

Y de nuevo, portentoso Januz Kaminski, verdadero motor visual de la película, sin cuyo trabajo la representación visual de lo acontecido jamás podría haber tenido ese resultado, esa conjunción perfecta entre la genialidad estética y la creación necesaria de la imagen perfecta, llena de arte y belleza, al servicio de una historia conmovedora y conducida con gran maestría.

 

Sin duda una película así, rodada bajo este punto de vista, tan cuidadosamente elaborada, tan delicadamente pensada en cada uno de sus pasos, merecía un final muy alejado de efectismos, de resoluciones fáciles, de moralejas simplonas y sentimentalismos forzados. ¿Qué papel toma, pues, ese innecesario epílogo que menta las críticas sobre el libro y alarga la historia tan sólo unos segundos más, después de saberse perfectamente terminada? Un pequeño exceso en una película que no peca de ninguno más.