Ladrones (Jaime Marqués, 2007)

Filme sobre el hurto con tratamiento más cercano al estilo europeo, en especial el francés, que al norteamericano, poseedor de una cualidad especial que la convierte en única dentro de su género, su enorme sensibilidad, una mirada diferente que presta especial atención al detalle y a los gestos de sus personajes.

La nueva película de Jaime Marqués sabe contar las primeras veces. El primer amor, la primera mirada, incluso el primer robo, los primeros momentos, y no se desinfla porque también sabe potenciar la proyección que esos momentos tienen en los personajes que los viven, sabe ahondar en sus reacciones y mostrar sus historias con la mencionada sensibilidad fuera de lo común.

El punto fuerte de la película es la estética, un concepto perfecto lleno de una paleta de colores fríos que jamás aleja al espectador de las emociones personales de los dos protagonistas. Esa estética, que dota a la cinta de una personalidad única, y la perfecta conjunción entre música e imagen convierten la película por sí sola en una fantástica experiencia cinematográfica

Ballesta y Valverde forman una pareja fantástica, la que posiblemente sea la unión artística más celebrada del cine español en los últimos años. Ella actúa con exacerbada soberbia, la que le da un personaje de alto nivel económico y de personalidad fuerte. Él actúa con mesura y aporta a su personaje una cualidad introspectiva que dota de gran poder a la historia.

Ese primer robo entre ambos es una exquisitez, a cámara lenta, con la música acariciando perfectamente las imágenes, con una fotografía maravillosa que quita el hipo y con un trabajo exquisito en las miradas. Es ésta la verdadera joya de la película, una escena que por sí sola (justo con su comienzo, acompañado por la tercera sinfonía de Gorecki) justifica a existencia de Ladrones.

Pero no todo es perfecto, y precisamente lo que hace aguas es su endeble guión, que no sabe resolver con eficacia ni decisión ni una sola de las historias que plantea, y las hace navegar sin rumbo hasta demostrar finalmente que no sabe qué hacer con ellas.
Todo el poder que ha ido demostrando y acumulando durante el metraje se desvanece tal como llegó, por no creérselo lo suficiente, por no apostar por su propia propuesta, por no arriesgar lo bastante y atreverse a transgredir el género y hacerlo más personal aprovechando sus enormes cualidades.

Definitivamente, Ladrones se termina quedando a medio gas, pero la experiencia audiovisual que se nos ofrece no tiene parangón en el cine nacional, y a pesar de sus deficiencias formales, evidencia que en el cine no siempre triunfan las grandes historias sino también el arte en sí mismo, la definición del propio cine, la unión entre música e imagen.