Bajo las Estrellas (Félix Viscarret, 2007)

 

        La ópera prima de Félix Viscarret tiene espíritu de película grande. Se notan los síntomas al admirar una música tan personal como necesaria, un guión preciso y perfecto, traslación de novela con poco potencial cinematográfico,  actores en estado de gracia, con un gran Alberto San Juan y una estupenda dirección en la que todo encaja y ofrece una obra única en su especie, totalmente diferente, una historia sencilla donde los personajes no son conscientes de la grandeza de sus actos.

            La película tiene las pocas pretensiones cercanas al género ‘feeling good’ americano pero propone además una historia de redención del personaje principal que otorga al filme proporciones épicas, una fábula moral pero no moralista, que deja actuar a sus personajes sin ser juzgados y que les da una oportunidad de volver a encauzar sus vidas a través del personaje de Benito, auténtica revolución del pueblo de Estella.

            Benito, alma solitaria y perdida, auténtico vividor y luchador pasional entregado al momento y a las circunstancias, buscavidas de primera magistralmente encarnado en San Juan, personaje atormentado que busca la redención perdido mientras camina bajo un cielo enormemente estrellado, verdadero antihéroe al que es imposible no coger simpatía y que como absoluto perdedor no teme cargarse a sus espaldas la vida de los otros, que aún puede ser salvada.

            Pero Benito no puede salvarse a sí mismo, necesita la milagrosa presencia de una niña por la que descubrirá de nuevo la vida con sus ojos y que siente la obligación de cuidar, no por obligación moral ante la situación familiar sino por necesidad personal, una chispa que compromete al personaje a luchar por esa Estella a la que nunca pensaba regresar, un necesario baño de humildad capaz de cuestionar al espectador sobre sus valores y compromisos.

            El problema de ‘Bajo las Estrellas’ es que adapta un material de base que ya originalmente resulta bastante pobre, especialmente en su resolución, una resolución que toma el camino fácil y que comprimida en historia cinematográfica queda aún más tramposa, menos creíble, y que destroza buena parte de los méritos cosechados hasta ese momento por la cinta.

            A todo esto, Viscarret parece no confiar en la fuerza de la historia y de su actor principal y otorga a la película un forzado aire a cine independiente del que pocas escenas salen beneficiadas, en las que a veces planean contemplativas puestas de sol que terminan sabiendo a anuncio televisivo, o muchos otros errores de ritmo y de montaje perdonables y atribuibles con seguridad a la poca experiencia. 

            Pese a estos errores, bajones de ritmo y resoluciones fáciles, la película permanece en la memoria con toda la fuerza que transmite y el espíritu (a pesar de todo) optimista que posee, crece al recordarla y estimula reflexionar sobre ella. Es una delicia contemplar la hermosa relación entre Ariadna y Benito, el discurso sobre la muerte construido a trompicones, o simplemente disfrutar con tantos detalles que se repiten con cariño, como ese pomo de la caravana que siempre cae al abrir la puerta, preciosa metáfora en la que las cosas no son perfectas, metáfora del espíritu de ese guerrero incansable que cae y vuelve a caer, pero siempre se levanta.