No hay dos sin tres (Nick Cassavetes, 2014)

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Cuesta pensar en otro director como Nick Cassavetes, que haya tocado tantos géneros diferentes a lo largo de su carrera sin entender del todo cómo funciona ninguno de ellos. Lo que está claro es que su apariencia de autor todoterreno le ha permitido la continuidad que nunca han tenido otros directores con idénticas lagunas a las suyas en el territorio de lo narrativo.  

En No hay dos sin tres la infidelidad de un marido sirve para el encuentro fortuito de tres mujeres que intentarán planear su venganza particular. La comedia no aparece en su material argumental: se filtra a través de los momentos de improvisación de Leslie Mann, una actriz que huye, con sentido común, de muchos clichés impuestos por su personaje. Ahí es donde se trasluce la falta de experiencia del realizador, cuando no sabe mantener el plano para recoger los mejores momentos de la actriz con la que trabaja, o cuando no sabe por qué imagen apostar a la hora de exhibir con éxito las interpretaciones de las tres protagonistas.

A ese respecto, basta observar el segundo encuentro entre esposa y amante, en el despacho de la segunda, para entender que a la película le acompaña una desidia ante la cual resulta muy difícil huir de la tentación de abandonarse a los tópicos. No hay dos sin tres se cita, uno a uno, con los elementos que conforman la peor comedia americana del momento, desde el humor soez hasta un continuo mal gusto que, irónicamente, tiene lugar siempre entre los más lujosos escenarios.

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Pero tal vez lo que más lastre al relato sea su demostrada incapacidad para la síntesis. El tiempo se dilata torpemente para convertir el arquetipo de comedia trepidante en una sucesión de vagas ideas en las que no es difícil advertir una ausencia de energía a la hora de encadenarlas. Culpa que debe compartir con un montaje también perezoso, que se limita a cerrar muchos conflictos con tomas sueltas y cediéndole el protagonismo a la música pop de la banda sonora con la que terminar de confundir el producto de entretenimiento con una peligrosa desidia.

Esa dificultad para hacer buenos ejercicios de síntesis no es particular de esta película: se lleva haciendo gala de ella en el grueso del cine americano de la última década. Obras que nacen bajo la vocación del divertimento pero que terminan construidas con una duración desmesurada de acuerdo a sus despreocupadas ambiciones. La impresión es que se trata de un elemento que se escapa al control de sus autores y es por ello por lo que conviene señalarlo como uno de los más preocupantes males del cine de la gran industria.

No deja de llamar la atención los estériles intentos del film por introducir en su puesta en escena una relación cotidiana con la tecnología que la pueda aproximar a la frescura de los últimos tiempos. Mientras Kate Upton se hace una selfie para enviársela a su nueva pareja, la película parece mirar hacia otro lado, como si aquel gesto quedase bien en el plano pero resultara imposible no introducirlo a la fuerza. Mientras su superficie pretende lidiar con los cambios tecnológicos de plena actualidad, su argumento se abandona a una clásica trama final con las Bahamas y las cuentas fantasma como protagonistas. Una película que pretendía hacer un retrato desenfadado de la mujer del siglo XXI termina haciendo uso de los mecanismos propios de los años cincuenta del pasado siglo para poder mantenerse a flote. 

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