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El secreto del cofre de Midas (Jonathan Newman, 2013)

¿Cuánto tiempo de vida le queda a la saga literaria juvenil? De ser por El secreto del cofre de Midas se diría que asistimos a su último estertor. Aunque quizás no sea el material literario en sí, escrito siempre bajo un mismo patrón y buscando con descaro convertirse en la próxima gallina de los huevos de oro en un potencial salto a la pantalla, sino la insistencia de la industria del cine por plegarse a un modelo serial que era ya caduco cuando empezaba.

Escudándose tras el velo de lo ingenuo proporcionado por su título de aventura para el público infantil, a Mariah Mundi le sobra ingenuidad y le falta sentido del humor. Le sobra su inocencia, traducida aquí en simplicidad, porque no se sirve de ella para crear un mundo regido por normas imposibles, sino como coartada para encontrar en el espectador una cierta permisividad. Y le falta sentido del humor, porque si un filme como este se toma demasiado en serio a sí mismo corre el peligro de ahogarse en su propio ensimismamiento, creyendo que pisa por primera vez un terreno ya explotado durante los últimos tres lustros y declarado yermo con anterioridad. La revisitación exige, cuanto menos, tomarse a sí mismo un poco menos en serio.

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Se ha convertido en costumbre encontrar que la función, en estos casos, es salvada por un curtido reparto que secunda a su frágil criatura protagonista. ¿Pero cómo superar aquí la inoperancia de unos personajes esbozados con trazo grueso, condenados a un destino anunciado antes de aparecer siquiera el primer nudo de la trama? De ese modo, los protagonistas son personajes de cuento por el simple hecho de haberles sido prohibido su acceso a algo más allá de una sola dimensión: los malos son terriblemente malvados, eternamente enfurecidos, y los protagonistas son algo así como la encarnación de la bondad en la Tierra. Si el arquetipo no funciona aquí quizá sea por una cuestión de representación: parece que no haya deseo de convocar al mito para escribir a partir de él, sino que se hace patente la simpleza de jugar a evocarlo, desde la pobreza del material literario hasta la adaptación cinematográfica que se limita a escenificar sus capítulos uno tras otro, construyendo una estructura particularmente endeble.

Ni la presencia de Sam Neill como villano, de creación contundente pero castigado por esa construcción llana del personaje, ni las mil caras de Michael Sheen, que acude en rescate de un actor principal ausente de todo carisma, sostienen una función en la que el punto de partida argumental parece haber servido como impedimento para poder construir algo más allá del tópico. Tampoco ayuda el trabajo musical de Fernando Velázquez, con un tema principal que recuerda a las primeras notas del Danubio azul de Strauss y que, en lugar de impulsar las escenas, parece repetir los procedimientos de sus mayores hasta terminar acercándose a la parodia. Era el último resquicio donde podía encontrarse un pequeño oasis, el apartado artístico, pero en él los grandes nombres que la pueblan parecen haber participado con la esperanza de obtener, a partir de El secreto del cofre de Midas, la promesa de nuevos y mejores encargos. Es a partir de este pensamiento donde la película puede revelar su auténtico alcance. 

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