Grand Piano (Eugenio Mira, 2013)

Cuando alguien decide filmar una historia que reduzca el significado de la música clásica al mito de la ejecución imposible, donde lo único importante es no fallar ni una nota, está evidenciando también que conoce muy poco los profundos secretos del cine, y mucho menos aún los de la música.

Aquella filosofía simplista y superficial sirve aquí para dar sentido a toda una trama en la que la ejecución perfecta de una pieza sirve, en realidad, como combinación para extraer del piano la llave que abrirá la caja fuerte de una fortuna millonaria. Un McGuffin que supedita toda la película al nudo de la trama, y no al revés.

Hay que advertir la presencia de Rodrigo Cortés en la producción para entender las auténticas intenciones de la cinta, poderosamente emparentada al cine que practica el autor de Buried (2010), esto es, premisas sugerentes que sirven para articular películas-trampa, en las que el deseo de exhibir el genio del realizador se superpone a cualquier consideración narrativa. La puesta en escena se convierte en colección de recursos con los que demostrar las habilidades propias, y no sólo el deseo de narrar la película con fluidez. Allí están los planos secuencia gratuitos en los primeros compases, o la pantalla partida que quizás llegue a resultar ostentosa, pero nunca sorprendente.

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Eugenio Mira quiere construir su película como si se tratase de un film de Hitchcock, pero haciendo uso de aquellos recursos en la puesta en escena únicamente por sus implicaciones estéticas, nunca por su auténtico sentido narrativo. El film se transforma pronto en caricatura. Desea asemejarse a los grandes filmes del autor de Psicosis (1960) pero en el fondo apenas llega a equipararse con los resultados de La clave reserva (2007), aquel pequeño homenaje publicitario de Scorsese a la atmósfera puramente hitchcockiana. La diferencia es que, a diferencia de Eugenio Mira, Scorsese se toma el rodaje con mucho humor. En Grand Piano no hay lugar para ello: la grandilocuencia, la autoconsciencia y una impostada solemnidad absorben todo atisbo de frescura.

La partitura de Victor Reyes evidencia las incongruencias de tomarse la banda sonora puramente cinematográfica como una pieza que pueda camuflarse felizmente con la de una obra clásica de concierto. El resultado se acerca a lo ridículo en tanto que la ausencia discursiva de la pieza que pretende pasar por “concierto de piano” choca con las enormes ambiciones argumentales que supuestamente debería profesar la obra. De modo que la impostura de la película viaja a dos niveles diferentes, aquí los más importantes de la función: tanto lo visual como lo musical.

Posiblemente uno de los grandes errores en este sentido provenga de tomarse las reglas del thriller clásico, ese que funciona con obsesiva precisión, como una manera de no dejar respirar nunca al filme, tal y como ocurre con el rostro de Elijah Wood, sin posibilidad de matiz alguno. Imposiciones del género como manera de convertirlo todo en una sucesión de tópicos sin alma. Una auténtica limitación, en lugar de un recurso del que servirse. Es el fracaso de pretender que un estilo cinematográfico se pueda comprar, aún cuando el autor no sepa vestirlo. La película de Eugenio Mira termina vendiéndose a sí misma por aquellos filmes a los que recuerda, y no por la película que realmente es.  

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