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Camille Claudel, 1915 (Bruno Dumont, 2013)

Partamos del deseo de Bruno Dumont por hacer una película sobre el tiempo, una película dedicada a filmar el paso del tiempo que se transforma, con el transcurrir de los minutos, en una luminosa declaración de amor al cine y a sus mecanismos más primitivos, a una cierta esencia de lo cinematográfico que aflora aquí con pasmosa naturalidad.

Partamos, también, de la obsesión por filmar a Juliette Binoche como expresión concreta con la que dar forma al espíritu que persigue la película. En la transformación de sus gestos, en las miradas al vacío y en los suspiros llenos de esperanza se encuentra la auténtica materia que da forma al filme y sus sencillas aspiraciones.  

Bruno Dumont encuentra en el hecho histórico, en las cartas de Camille Claudel, el marco perfecto con el que comenzar su particular búsqueda.  La escultora, recluida en un hospital mental contra su voluntad, encuentra en la inminente visita de su hermano el mayor motivo de esperanza, a pesar de que haya sido su propia familia quien la haya internado. El tiempo se dilata, la espera se agiganta, y aquellos tres días de espera se convierten en el único horizonte temporal del filme. Partamos de ahí, pues, para admirar las conquistas invisibles de esta luminosa película. 

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La desnudez en la forma de filmar de Dumont desnuda también nuestra mirada. Parece despojada de todo artificio, pero es amante, al tiempo, de la belleza que hace su aparición en el plano de manera inesperada a través del movimiento del pelo, de un simple gesto o de la manera en que la luz aparece. Y de ahí emerge la auténtica película que buscaba el realizador, una que no puede contar con el uso de la palabra y que se filtra en las imágenes cuando se tiene la valentía de buscar lo imposible.

Juliette Binoche encuentra en Camille Claudel el milagro de la interpretación completa, el encuentro único entre presencia y espíritu, la perfecta unión entre la intensidad física y la mirada etérea. Si el hospital se revela como prisión no es tanto por una cuestión de puesta en escena como por la manera en que la actriz transpira ese sentimiento. Es su rostro el que transporta, el que condiciona la mirada ante lo que vemos.

Aún a pesar de la insondable contención a la que están sometidas las imágenes, la película se permite un dramático golpe de genio justo en su punto medio: con la llegada del hermano, el filme se transforma, se arroja al abismo de manera consciente. Un poderoso primer plano que nos hace testigos de sus oraciones anuncia la tragedia. Tras los muros del hospital se libran otras batallas.

De repente, la historia de Camille ya no parece importar, como si fuese el puzzle de un relato mucho mayor que se nos ha negado y que al emerger se lleva consigo el protagonismo de la mujer. Juliette Binoche desaparece de la pantalla, pero en el relato de su hermano aún resuena el deseo del encuentro, como si el espíritu de Camille hubiese impregnado las imágenes. Es el triunfo de una película contada a partir de unos gestos inesperados que se revelan con la dilatación del tiempo. Un tiempo que hace visible lo invisible.

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