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El Hobbit: la desolación de Smaug (Peter Jackson, 2013)

Cuando en la trilogía de El señor de los anillos Aragorn caía por un precipicio y la historia se desvinculaba del relato original durante unos minutos, uno temía que lo cinematográfico hubiese olvidado la fuente de la que partía para convertir el cuento en un espectáculo menos sutil, más evidente, alejado de lo auténtico. Resultaba fácil, sin embargo, entender las necesidades de acudir a la simplificación y al invento en la lucha por llevar a la pantalla un relato en apariencia inadaptable. Mientras Tolkien hacía uso de los llamados Cuentos inconclusos para poder ocuparse de todos los hilos argumentales de su novela, las películas tuvieron que hacer un esfuerzo no sólo de síntesis sino también de interpretación para unir aquellos cabos sueltos sin sobrepasar la estructura temporal que se había propuesto el proyecto.

Mientras en El señor de los anillos los añadidos funcionaban como ejercicio de síntesis, los parches colocados en El Hobbit tienen desigual fortuna. En la primera parte de esta nueva trilogía servían como elemento de contexto y punto de encuentro, pero aquí su vocación parece encontrarse más cercana a dilatar la ficción con el deseo de justificar la desmedida duración de la saga. Por desgracia, el deseo de insuflar un dramatismo y una profundidad añadidos al relato primigenio no son sólo cuestión argumental, sino también una insistencia impostada de las formas. La presencia de los hobbits, o de los propios enanos, ha dejado de servir como contrapunto humorístico del hilo argumental y todo aquí parece obligado a actuar bajo el filtro de lo trascendente y lo solemne. La insistencia, en búsqueda del asombro continuo, termina siendo tan agotadora como la banda sonora, de una gran riqueza orquestal pero omnipresente, adocenada y adormecida, lejos de los mejores trabajos melódicos de Howard Shore.

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Puede que el mayor pecado de la cinta sea su deseo de evocar las mismas sensaciones que generaba la trilogía del anillo bajo los mismos recursos que usaba aquella pero sin contar con la virtud pionera de aquel proyecto. En ciertos momentos pareciera que esta segunda parte de El Hobbit se olvidase de sí misma, obsesionada con remitir continuamente a su hermano mayor. Y cuando no es así, pretende detenerse en cada decorado, en cada nuevo escenario, recorriendo el lugar y convirtiendo el ejercicio de ambientación en protagonista. Lo que queda es una amalgama de aventuras en las que, en ocasiones, trasluce la historia original y el relato puede continuar su avance.

Llegar a la montaña de Smaug es también adentrarse en el corazón de la historia. Tal y como ocurriera en la primera entrega con el duelo de acertijos entre Bilbo y Gollum, el diálogo y no la acción desmesurada es lo que provee de momentos brillantes a la película. Esta vez, con el encuentro entre el dragón y el hobbit, en una de las pocas escenas en las que Peter Jackson recupera el fastuoso brío narrativo del que ha hecho gala en los momentos más grandilocuentes de su filmografía. Pero precisamente en ese instante, el momento más esperado, el momento más anunciado, es cuando la película comienza a dar saltos de montaje con los que poder abarcar todas las subtramas que ha ido acumulando. Es en esa hipertrofia narrativa donde los deseos de una épica monumental que no cese en ningún momento revelan su profunda inoperancia.

Quizás la prueba más evidente de una cierta desidia y de la falta de inspiración en los momentos más comprometidos del relato tenga lugar en la escena donde los enanos deben esperar a la última luz del día para abrir la puerta secreta oculta en la montaña. El ejemplo de perseverancia y tenacidad que materializaba aquel momento en el cuento original queda aquí reducido a un golpe de efecto tan simplista y primitivo que arroja luz sobre todo lo demás. Puede que la filosofía del exceso sea ya la única manera posible de concebir un Hobbit posterior a la trilogía del anillo y, en ese sentido, el relato original no podría ser contado de manera más épica, aunque tampoco de forma más alejada de sí mismo. Las nuevas creaciones no han generado esta vez un Hobbit más cerca de lo cinematográfico, sino una historia diferente.  

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