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El camino de vuelta (Nat Faxon, Jim Rash, 2013)

En la primera escena de El camino de vuelta, en el coche camino del lugar donde ocurrirá esta aventura iniciática, se revelan ya todos los defectos y las posibles virtudes que irá desplegando la película a lo largo de los minutos. La evidencia de un croma en los primeros planos que encuadran al joven protagonista revelan la precariedad de medios del filme, pero también la falta de imaginación de la pareja de realizadores para encontrar soluciones visuales ante problemas que tienen que ver siempre con los presupuestos.  

Por otro lado, basta un contraplano, el de la mirada de Steve Carell mientras conduce y mira al chico a través del retrovisor, para entender que es esta una película que pertenece a los actores y a sus gestos, que cobra vida a través de ellos y que no tiene sentido si no es para poner sobre la mesa la representación de un grupo humano que siente y padece, que abandona el papel con el que fueron escritos y que se enfrenta a la fisicidad de lo real a partir de la confrontación de sus miradas y de todo aquello que no se dice. ¿No es esa pequeña exaltación del gesto una de las grandes conquistas del cine?

El adolescente llega a la casa de verano para comprobar que, en el paraíso estival, también sigue reinando el desencanto. Los adultos acuden al lugar para dejar de ser ellos mismos y abandonarse a una peligrosa ausencia de responsabilidades. Los papeles se invierten, y la película pone todo eso sobre la mesa con aspereza y ausente de todo temor. La misma valentía que se ausenta a la hora de resolver otros momentos mucho menos lúcidos.  

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Siguiendo la estela de Adventureland (Gregg Mottola, 2009), el niño encuentra, en el caos controlado de un viejo parque acuático, el escenario ideal para experimentar el paso a la edad adulta que la vida real le pide con dolorosa urgencia. Un campo de pruebas, una simulación del mundo a pequeña escala. Allí los defectos pueden transformarse en virtudes mediante la magia del descubrir que no todo lo que nos contaron era cierto, que a veces sólo la experiencia podía poner las cosas en su lugar. La sorprendente manera de mirar de los otros transforma el pequeño universo del niño en el comienzo de una vida adulta con la que ser capaz de enfrentarse a sus complejos.

Sam Rockwell, dueño del parque que ha construido en torno a la mentira su única manera de defenderse ante lo real, se ve reflejado en el adolescente y lo integra en su particular equipo de desheredados. La presencia de lo vulgar está a punto de enviar la película hacia otro tipo de público, pero el relato integra ese humor vulgar en un hermoso espíritu de resistencia ante la vida, con el humor como arma que va sustituyendo paulatinamente a la mentira conforme los personajes se atreven a plantarle cara al mundo. 

Y entonces la película se vuelve más amable y menos amarga, como si el drama familiar diese paso al primer amor del verano. Tal vez sea ese exceso de ambición y esa pluralidad de temas lo que envuelve el filme en el terreno de lo aparatoso. El camino de vuelta está filmada desde el cariño a sus personajes, desde la nostalgia, pero también desde la torpeza narrativa y desde una mirada en exceso popular que sólo le hace daño. A veces, incluso, se olvida de los lugares hacia los que pretendía fijar la mirada en un principio sólo por la oportunidad de utilizar más música, como si los instrumentos musicales fuesen lo único que pueden insuflar ritmo al filme realmente.

Aún con sus limitaciones y su falta de inspiración tras la cámara, la película avanza siempre hacia delante, convencida de que su verdadero mensaje se filtrará tarde o temprano a través de alguna de sus tramas, a veces simplemente apuntadas. ¿No es esa valentía de búsqueda el motor del buen cine? La película sabe que el verano se acaba, que hay que volver a casa, y su resolución no es convencional pero tampoco ausente de realismo. A pesar de extraviar el rumbo en más de una ocasión, El camino de vuelta sabe descansar sobre las miradas de sus actores en los momentos más importantes. Y en esa mirada se esconden muchas otras historias.  

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