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Capitán Phillips (Paul Greengrass, 2013)

Desde Bloody Sunday (2002), Paul Greengrass ha perseguido la estela de los relatos narrados en tiempo real. No tanto como documentar exactamente lo que ocurrió, sino sentir que están volviendo a pasar y, a partir de esa filosofía, extraer de la historia real todo el esplendor de su espíritu inmortal. Nada de representar lo vivido, sino perseguir la gesta de revivirlo. En ese sentido, la obsesión por la recreación en lugar de la representación no está lejos del discurso del cine más maduro propuesto por David Fincher (Zodiac, La red social) salvo que ambos navegan en aguas muy diferentes.

Greengrass se sirve del hecho real para encontrar los límites hasta los que puede llegar el ser humano, ya sea para filmar un acto heroico que acerca al hombre hacia lo divino o para filmar, también, las atrocidades que es capaz de cometer cuando cree tener un motivo poderoso entre manos. Su estilo documental, cámara en mano y provisto de docenas de ángulos diferentes cuyas imágenes posteriores se montan bajo un ritmo vertiginoso, ayuda a potenciar la idea del tiempo real, de suceso inmediato, del acto anclado en el presente.

El realizador es, desde los comienzos de su cine, un maestro en el arte de relatar diversos nudos de la trama que se superponen entre sí continuamente antes de converger en el acto que da sentido a toda la película. Si en la fantástica United 93 (2006) se filmaban tantos lugares diferentes antes de llegar al fatídico atentado no era por puro capricho, sino la base misma de hacer cine para Greengrass. Qué pasó  antes y después, qué había mientras, quiénes lo vieron y desde qué lugar, cómo convergían esas personas en ese mismo punto, cuáles son los entresijos del azar. Son las preguntas que parecen hacerse continuamente estas películas.

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Capitán Phillips, estrenada once años después de la película que daba inicio a esta filosofía, pone en cuestión la vigencia del estilo documental en pleno 2013, ahora que la ficción televisiva ha convertido en recurso endémico la cámara al hombro  y en un momento en el que incluso los filmes de grandes efectos especiales buscan simular aquella plasticidad propia de un reportero de guerra. ¿Sigue siendo posible hoy una película como ésta, o el estilo documental ha terminado convertido en una herramienta más de ese cine aleccionador, aquel que se jacta de estar basado en hechos reales y cuyas virtudes terminan tras esa frase?   

Quizá la elocuencia de Greengrass para combinar el estilo documental y la épica propia de la gramática cinematográfica sean, en realidad, el peor ejemplo posible para hablar de la decadencia de un estilo. Ejercicio de tensión, pero también de agotamiento. Las secuelas de la franquicia Bourne rodadas por Greengrass muestran la imposibilidad del director por plegarse a otro estilo diferente que no sea el de la apariencia documental, y ha sido el único autor en este estilo capaz de convertir esa estética en sello personal.

Sin embargo, a pesar de mostrar a los piratas en la playa planeando el secuestro del barco, el filme fracasa allá donde lo hacían también United 93 y las anteriores. Se presentan las vidas de todos los protagonistas del accidente futuro, incluida la vida diaria de aquellos esclavos, pero nunca habrá conflicto moral sobre la mesa. Nunca se nos invitará a empatizar con un bando entendido como villano desde el comienzo. Sólo deseamos que el conflicto termine, que ganen los buenos. Y esa pobreza unidimensional hace que Capitán Phillips se pierda en lo convencional. La película se refugia en un poderoso Tom Hanks porque, en el fondo, nunca ha sabido estar del otro lado.  

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