Blue Jasmine (Woody Allen, 2013)

La filmografía de Woody Allen parece haber hecho un viaje de ida y vuelta a partir del principio de la pasada década, como si la espesura dramática de la realidad le hubiese conducido a la necesidad de alejarse de su ciudad, volver a la comedia, a lo liviano… En definitiva, escudarse bajo el cuento con moraleja, su estructura esquemática y su espíritu condescendiente. El regreso al drama llega aquí cargado de un pesimismo que parecía ausente desde los tiempos de Delitos y faltas (1989), una de sus películas más oscuras. La comedia sólo aparece cuando intenta hacer visibles las dificultades de una persona de su edad para enfrentarse a lo cotidiano (la señora que acompaña a la protagonista en el avión, el anciano que cree que se dirigen a él cuando ella habla sola…) como si Allen fuese, ya, alguien ajeno al mundo lleno de ambiciones de Jasmine, y su lejanía le obligase a mirar las cosas con una perspectiva tan frívola como descorazonada.

Pero su personaje le importa, y mucho, en tanto que le sirve para profundizar, una vez más, en uno de sus temas predilectos: el esfuerzo animal por ascender en el estrato social, capaz de aniquilar cualquier atisbo de humanidad. La historia de Blue Jasmine navega en torno a esa obsesión hasta que despoja a su personaje principal de su propia identidad. Sólo le importa recuperar el estatus de una época pasada. Y, en ese sentido, la película despliega un discurso bajo los anhelos de cada personaje que es donde, quizá, se encuentre el verdadero sentido de Blue Jasmine, como ya ocurría con Medianoche en París (2010), por citar una obra cercana: cualquier tiempo pasado fue mejor. 

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Los personajes del filme, tan cercanos que casi podemos sentir su aliento al suspirar cuando piensan en sus vidas pasadas, sobreviven al presente únicamente porque piensan que pueden recuperar su estilo de vida anterior. Y bajo esa perspectiva, es duro comprobar que Woody Allen sólo concibe la felicidad en su relato para aquellos que han hecho las paces con su presente y se abandonan al conformismo como manera última de huir de sus angustias. La hermana del personaje principal se convierte así, también, en su reverso: es la mujer que una vez pudo ascender de clase pero que, tras desvanecerse aquella oportunidad, acepta un destino mediocre que sólo se ve alterado con la irrupción de la hermana mayor y sus sueños de grandeza.

Para fortalecer ese contraste entre pasado y presente, y para hacer más fulgurante la angustia de Jasmine, la película se acerca apasionadamente a la viva recreación de su actriz principal y viaja continuamente hacia atrás en el tiempo confrontando cada situación del momento con un recuerdo de lo anterior para advertir, así, lo lejos que se encuentra de su paraíso particular. A Jasmine ya sólo le queda vivir sumida en un universo de mentiras y apariencias bajo el desesperado deseo de subirse de nuevo a un tren de vida al que ya no pertenece. Su hermana trata de sonreir ante la vida que le ha tocado vivir pero en cambio, sin poder rodearse del lujo de antaño, la vida de Jasmine se derrumba entre recuerdos, reproches y una revisitación continua de los acontecimientos que la sumen en un agujero muy profundo.

En cierto sentido, Jasmine no está lejos de Chris, el protagonista de Match Point (2005), por citar a uno de sus personajes relativamente cercanos en el tiempo, sólo que si a Chris no le importaba convertirse en villano con tal de salvaguardar su posición, el trayecto de Jasmine sirve únicamente para certificar la imposibilidad de volver a un mundo que ahora le es totalmente negado. La participación de Aguirresarobe en la fotografía ilumina el mundo de Allen de una manera dorada y reluciente que no tenía lugar en su cine desde sus colaboraciones con Vilmos Zsigmond. Incluso después de haberlo perdido todo, el mundo puede seguir siendo maravilloso. Pero Jasmine ya sólo sabe pensar en lo que no tiene.

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