De tal padre, tal hijo (Hirokazu Kore-eda, 2013)

Cuando el relato familiar hace acto de presencia, la actualidad cinematográfica no deja de citar a Yasujiro Ozu, como si hablar de lo cotidiano obligase a volver la vista hacia el maestro japonés. La cita se ha convertido en referencia obligada, y el homenaje se ha convertido en el motivo recurrente con el que sortear la imposibilidad de una mirada propia.

Quizás por eso sea especialmente importante esta película de Kore-eda, porque lejos de acercarse a la figura de Ozu como monumento insoslayable, ofrece por fin la continuidad que nunca tuvo su obra, construyendo el discurso familiar no tanto usando las formas del desaparecido cineasta, sino a partir de él. En ese sentido es un filme que recoge el testigo de Ozu pero también es, inequívocamente, una película de Kore-eda en tanto que las obsesiones que recorren su cine han permanecido inalterables, mientras el dominio de la narración se ha refinado con el tiempo hasta adquirir un equilibrio imposible entre el film sólido, reflexivo, y el film conmovedor provisto de una cierta apariencia espontánea, el equilibrio entre lo entrañable y la huida de todo sentimentalismo.

De tal padre, tal hijo presenta a una familia modelo en el seno y la tranquilidad de sus labores cotidianas. Apenas unos minutos de la rutina alrededor de una cena bastan para conocer y entender a sus tres personajes. La siguiente escena, en una sala del hospital donde nació el niño, plantea ya la premisa que vertebra la película: un análisis de sangre revela que aquel hijo no tiene relación genética alguna con sus padres. La secuencia anuncia no sólo el motivo central del relato, sino también la manera, sensible pero nunca afectada, con la que tratará el conflicto durante el resto de la película.

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La emoción viene de la contención y de la naturalidad, nunca del efectismo ni la sensiblería. Viene de la toma de decisiones de unos personajes que nos importan, de manera irremisible. La cámara estudia, en cada secuencia, cómo tomar la suficiente distancia entre los personajes para que un relato de indudable contenido emocional no se apodere del filme y lo abandone al cuento de lágrimas impostadas que está a punto de ser. Se marcha de la escena cuando está a punto de irrumpir el llanto, para que las elipsis se conviertan en pozo de infortunios y que la película que quede pueda ser, así, un canto de esperanza. ¿Cómo convertir una historia así en una película convertida en auténtico tratado narrativo, pero al mismo tiempo que huya de la frialdad que implica distanciarse del relato para contarlo de la mejor manera posible? Una película emocionalmente compleja y, al tiempo, narrativamente satisfactoria.

El conflicto en torno a los bebés criados por familia diferentes permite a Kore-eda contar, en el fondo, la película que ha contado a lo largo de toda su filmografía: un relato que le permita bucear en torno a la palabra familia y a su significado profundo. En el fondo es una película sobre un joven padre que debe aceptar que su auténtico hijo es aquel que, aún sin ser de su propia sangre, ha criado durante seis años, pero como suele ocurrir en el cine del realizador es también una película en la que conviven muchas películas en su interior y cuyo desarrollo es siempre tan incierto como misteriosamente familiar. Quizás ahí descanse la mayor de las virtudes del cineasta: la dulce impresión de asistir a un fragmento de vida, tan real como ella y tan ensimismada como nosotros.

El relato familiar no termina al dibujar a los tres protagonistas. La otra familia, víctima también del intercambio, ayuda a perfilar con el desarrollo de las escenas un relato no tanto coral, sino familiar, una historia en la que los terrenos de pertenencia se desdibujan y el afecto se convierte en la única norma legítima para crear lazos de unión. El soberbio cuarteto de intérpretes adultos crean un retrato creíble por su diáfana naturalidad, emotivo desde lo físico, desde el dolor cercano y desde la creación de unos personajes complejos con necesidades también cercanas. Pero también está presente el mayor de los tesoros de Kore-eda como cineasta: la dirección de actores en torno a los niños de la película, tan fresca y natural que rivaliza con los adultos a la hora de establecer duelos interpretativos.

Bach en la banda sonora. Las Variaciones Goldberg suenan casi de manera ininterrumpida. La misma melodía, una y otra vez, bajo tratamientos formales diferentes. Quizás ese acercamiento a Bach revele también las intenciones de una película emotiva y conmovedora, pero una emoción no buscada ni explotada, sino filtrada a través de las rendijas de un relato sólidamente edificado, visualmente impecable, narrativamente sobrecogedor, tan ambiciosa en sus formas como sencilla en sus intenciones, llena además de hermosas interpretaciones. Quizás la manera más certera de acercarse hoy al mayor de los cineastas japoneses sea algo parecido a De tal padre, tal hijo, algo así como unas variaciones Ozu. Al caminar sobre el legado del maestro, Kore-eda encuentra una película que sigue los pasos de la tradición pero que, al igual que ocurre con su protagonista, finalmente se atreve a levantar la vista hacia el futuro a través de una mirada conmovedora. Se atreve a caminar hacia delante.  

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