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The Bling Ring (Sofia Coppola, 2013)

Puede que The Bling Ring sea la película más ensimismada de Sofia Coppola. Y lo es porque, aunque a través de su cine ya conocíamos su pasión por filmar a personas fascinadas por objetos, aquí se abandona por completo a esa relación de amor entre sus personajes y el lujo material.

La elección del argumento, aquella rocambolesca historia de los adolescentes que se colaban en las casas de los famosos, es sólo el pretexto para poder filmar una y otra vez los mismos gestos, las mismas miradas obsesivas. A los adolescentes no les importa tanto llevar puesto un collar como mirarlo, tocarlo, poseerlo. Y a Sofia sólo le interesa contemplar esa mirada, recrearla y trazar una ruta hacia sus orígenes.  

Es bien sabido que la autora de Lost in Traslation (2003) ha retratado siempre, alrededor de historias íntimas, un cierto estado de las cosas. Aquí ataca a la adolescencia a través de su abstracción de la realidad y, a partir de ella, una ausencia de responsabilidad que desemboca en historias como ésta. La constante dependencia del teléfono móvil, la superficialidad en las relaciones o el juego a ser adultos por medio de las apariencias son los pilares de la película. Si todo el cine de Coppola puede entenderse como una gran pregunta sin respuesta, los interrogantes en The Bling Ring son más específicos que nunca. Su cine se ha vuelto mucho menos sutil, aunque también más inquietante.

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El plano más interesante del filme, o al menos el más laureado, debe ser también el más discutible. Se trata de aquel en el que el robo se filma desde la lejanía, y apenas pueden percibirse las siluetas de los personajes adentrándose en la casa ajena. Es lo más lejos que Sofia ha estado nunca de sus relatos, y en ese sentido el plano tiene mucho que ver con la distancia emocional que ha puesto en torno a sí misma y a la historia. The Bling Ring no invita tanto a formar parte de lo que ocurre como sí pasaba en el resto de su filmografía. Más bien invita a observarlo desde fuera, tan apartados como en aquella imagen definitoria, y en ese sentido es la película que más lejos se sitúa de su particular universo.

La directora encuentra su película en el repetido ritual del robo. No le interesa tanto la reconstrucción de los hechos como las motivaciones de los adolescentes. Por eso desordena el relato y le concede a los allanamientos un protagonismo absoluto. Quizá Las vírgenes suicidas (1999) sea la única película de su filmografía capaz de captar ese espíritu de la adolescencia con la misma frescura, aún cuando retrate épocas muy diferentes. Pero si allí el uso de la música de archivo aumentaba las dimensiones del relato, aquí lo ahoga como si ya se sirviese sólo de ello como un sello de identidad que se ha vuelto, con el tiempo, una simple caricatura de sí mismo. Si ya en Somewhere (2010) la música parecía poco pertinente, aquí se evidencian ciertos excesos que tienen que ver con el miedo a descaminar una cierta identidad como realizadora.

Pero The Bling Ring no es un tropiezo. La excentricidad y el amor por el riesgo han hecho de la carrera de Coppola un paseo fascinante, aún cuando en ocasiones esa mirada resulte en exceso superficial. La película podría estar filmada como si se tratase de un sueño inconfesable, el pensamiento destructivo como reacción ante un mundo materialista. De hecho a veces, mientras Coppola filma a Emma Watson, parece estar hablando de sí misma. 

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