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Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)

Comencemos con un viaje hacia el pasado, hasta 2006, cuando Alfonso Cuarón estrena Hijos de los hombres, su película anterior, para entender así en toda su magnitud lo que significa para el realizador la gramática del plano-secuencia. Allí se servía del plano largo y el movimiento continuo persiguiendo su ansiada filosofía del punto de vista subjetivo. La acción ocurría en tiempo real, sin cortes, y cuanto más duraba el plano más parecían desdibujarse los límites entre realidad y ficción.

De modo que la utilización del plano-secuencia como herramienta narrativa casi exclusiva no aparece aquí como recurso de puro virtuosismo al servicio de la pirotecnia visual. Se trata de un instrumento sobre el que construir, con absoluta coherencia, un discurso plástico de arrebatadora belleza sin apartar la mirada trascendente en torno a lo narrado. Si todo lo que ocurre en el filme está pasando en tiempo real, ¿por qué cortar el plano?

De hecho, si Cuarón pudiese, sería capaz de rodar todas sus películas en un continuo plano-secuencia que englobase la acción en conjunto. En esa filosofía de lo subjetivo y de forzar el punto de vista, el realizador ejecuta una transición desde el plano general hasta convertirse en la mirada del protagonista, todo en un solo plano. ¿Por qué cortar, entonces, si el trabajo virtuoso con la cámara me permite encadenar cualquier tipo de plano en un todo continuo?

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Y, sin embargo, en Gravity existen profundos y poderosos cortes. Porque, al cortar, Cuarón descubre que el montaje puede ser también un recurso narrativo, tan poderoso como su deseo de construir el plano único. En plena era de lo digital y de toda imagen posible, la película encuentra en el retorno a Eisenstein el más eficaz -y radical- de sus planteamientos. Especialmente cuando se trata de separar estadios emocionales, diferentes tonos de la narración. A partir de este estudio de la gramática narrativa, impulsada por unos efectos visuales que hacen posible cualquier pirueta imaginable, el autor se interroga con valentía en torno a las posibilidades de llevar al límite una situación crítica.

Por eso su premisa argumental no es más que un permiso con el que poder propiciar una situación de absoluto peligro. Una estación espacial en la que ocurre un accidente, y a partir de ahí prefigurar el destino de uno de los astronautas. ¿Sería posible mantener la tensión narrativa a partir de un solo suceso, de una premisa tan simple y durante noventa minutos? Cuarón dinamita, así, otro de los grandes mitos del cine clásico que aún imponen su ley a la ficción contemporánea. Su imaginativo y poderoso cine de madurez no ha hecho más que desintegrar lo convencional e interrogar con autoridad a sus filmes coetáneos. El personaje de Clive Owen en Hijos de los hombres es completamente pasivo, la antítesis del manual del guión. Aquí el desafío a las reglas va más allá, hacia una desintegración de la estructura clásica en pleno corazón del cine comercial.

Gravity no es tan verosímil por sus abrumadores efectos especiales como por el trabajo de fotografía de Emmanuel Lubezki. El operador es aquí quien hace creíbles los espacios e integra la naturaleza cambiante de esos largos planos en un conjunto visual coherente. El reto de Steven Price en su primera banda sonora importante se pliega a las necesidades de Cuarón pero siembra la duda en torno a su adecuación a la película que acompaña, no tan cercana a la ciencia-ficción como la música propuesta. Gravity no está tan próxima a esa ciencia-ficción como al documental. El reto de lo real llevado al extremo.

Para desencadenar todo su poder emocional, Gravity despliega un minúsculo trasfondo a sus personajes que se repite como si se tratase de un mantra. Ryan (Sandra Bullock) ha perdido a su hija y el viaje al espacio es también una huida de sí misma y de su drama personal. Alfonso Cuarón propone una vuelta a los orígenes, un nuevo renacer a partir de una experiencia crítica que nos recuerde quiénes somos. Las intenciones son sencillas, pero también sinceras. En esa aventura visual que persigue el realizador con la que contar su historia de la mejor manera posible, Cuarón ha encontrado los límites narrativos de la nueva era digital. Ha encontrado algo realmente nuevo.

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