Al filo del mañana (Doug Liman, 2014)

¿Cómo valorar una película que propone un tratamiento inteligente del cine de consumo de masas en pleno corazón de la industria americana? ¿Sería justo tratar el logro con ligereza, dada su condición de película de usar y tirar, y pasar por alto sus evidentes conquistas? No sería demasiado productivo un análisis que se preocupase únicamente en las virtudes de un cierto tipo de cine alejado siempre de lo comercial e impusiera barreras a cualquier película de naturaleza mercantil. Por eso resulta interesante acercarse a Al filo del mañana desde la observación de unas coordenadas, impuestas por el cine comercial, que aquí parecen saltar por los aires durante buena parte del filme.

Tom Cruise es William Cage, un comandante al que envían al campo de batalla durante una invasión alienígena que arrasa Europa. La adaptación del desembarco de Normandía en clave de ciencia-ficción parece más que evidente, pero el relato se pone realmente en marcha cuando Cage muere en combate y despierta, repentinamente, al comienzo de ese mismo día, repitiéndose una y otra vez. Hollywood ha convertido el manga de Hiroshi Sakurazaka en un Día de la marmota camuflado entre fuegos y explosiones (Atrapado en el tiempo, Harold Ramis, 1993).

El dispositivo de revivir el mismo día continuamente, lejos de suponer un corsé narrativo, dispara la libertad y las posibilidades argumentales de la película: William Cage se desplaza ahora por el mismo escenario trascendiéndolo, buscando soluciones y superando los obstáculos que ya conoce de memoria. El filme empieza revestido de relato futurista y termina hablando de los peligros de la rutina en la vida cotidiana. Lejos de los mecanismos propios del cine de Hollywood en el que el espectador y el personaje conocen los hechos a la misma vez, en Al filo del mañana William Cage va, a menudo, por delante de nosotros, lo que genera una tensión añadida a cada secuencia: ¿Es la primera vez que el personaje protagonista se enfrenta a esta situación, o está volviendo a probarse a sí mismo? ¿Cuántas veces ha vivido este momento sin que nos fuera mostrado? Las elipsis se disparan y las repeticiones dejan de ilustrarse, proponiendo al espectador que recomponga él mismo las pequeñas piezas del puzzle. ¿No es motivo de celebración una película made in Hollywood que invita a pensar, al menos tímidamente?

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En la identidad que poseen sus imágenes tiene mucho que ver el trabajo de Dion Beebe como operador, artífice de  la estética de Memorias de una Geisha o de la espectacular fotografía de Collateral. Incluso cuando el relato está plagado de elementos y artilugios muy cercanos a los de otras películas recientes, los planos que componen Al filo del mañana resultan inconfundibles. Quizás haya que insistir en la labor del director de fotografía antes que en la del realizador, alguien a quien es difícil seguir la pista como autor, que ha producido más películas de las que ha dirigido y que sólo parece ponerse tras la cámara cuando resulta imprescindible para que el proyecto salga adelante. Y puede que, entonces, una figura esquiva y en principio poco interesante como Doug Liman sea el último resquicio que quede en Hollywood de aquello que durante la etapa clásica se llegaron a denominar artesanos y de donde surgía toda la política de los autores. La boutade puede tener algo de cierto al comprobar la mano invisible de Liman, que sabe hacerse a un lado y dejar que los reclamos de la película brillen por sí solos, que los efectos especiales concurran en su justa medida o que la música de Christophe Beck se convierta en un espectáculo más sugerente que cualquier efecto de sonido.

Del mismo modo que no conviene pasar por alto las virtudes de la película, sería tan atrevido como injusto no reparar en todos sus excesos y en sus defectos naturales. No en vano es una película integrada en el sistema de producción del gigante americano, cuya única razón de ser es la de generar beneficios. No es de extrañar, pues, que la película termine por rendirse ante las servidumbres propias del relato estándar de Hollywood en cuanto su armazón argumental queda del todo desvelado: después de toda la hostilidad y ausencia de esperanza que reina en su metraje, es cuanto menos desconcertante hallar un final de cuento de hadas. El espectador medio podría sentir la misma desazón que con Looper (Rian Johnson, 2012) en tanto que ambos relatos abandonan su ritmo frenético de montaje en un cierto punto para encarar, con valentía, una resolución final (reflexiva en Looper, emotiva en esta) con la que los desconcertados amantes de un vago concepto llamado ritmo podrían estar en desacuerdo. Sea como sea, lo cierto es que Al filo del mañana ha sabido integrar un espíritu personal con el manual clásico de la película de acción, aquella que nos había enseñado que salirse de ciertas marcas estaba del todo prohibido. La película de Doug Liman ilumina, bajo una cierta timidez, la posibilidad de nuevos caminos para una industria en la que el aliento artístico o la inteligencia parecían haber sido desterrados mucho tiempo atrás.    

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