¿Cómo es eso de que el cine recupera la memoria? Parece imposible, a todas luces, rescatar La flor de Irupé, la película que Guillermo Fernández-Zúñiga, pionero del cine científico en España, inició durante su exilio en Buenos Aires y nunca llegó a completar. Sus imágenes son convocadas al comienzo de este documental, en lo que parece un intento por rescatar, no sin cierta ingenuidad, aquella película perdida. La flor de Irupé nunca existió del todo. Pero lo importante no es el encuentro con ella sino cómo esas imágenes dan pie a una búsqueda que va más allá de esos fotogramas que aún se conservan.
Fernández-Zúñiga trató de ayudar a la República con sus conocimientos audiovisuales. El franquismo silenció su trabajo y se exilió un tiempo en Francia, recluido en los campos de refugiados donde aislaron a los exiliados republicanos españoles. El fotógrafo y cineasta fue el tío abuelo de Candela Sotos, que con este documental no pretende completar aquella obra inconclusa, sino rellenar los huecos que borró la historia para sentir, de alguna manera, que ha hecho justicia con la memoria de ese familiar cuya obra aún parece hablarle en la distancia.
La realizadora pretende reconstruir la biografía de su tío a través de relatos familiares cercanos y también de archivos oficiales. En esa reconstrucción termina por ocurrir algo milagroso: se funden los términos científicos que refieren a la planta en cuestión, ese nenúfar amazónico que florece solo una vez al año, con una poesía inesperada y que convoca desde la honestidad al fallecido fotógrafo. Una poesía de la ausencia.
La pieza reanuda el trabajo de campo sobre la flor de Irupé allá donde terminaba la obra de Fernández-Zúñiga y, más allá, realiza un sutil dibujo que aproxima la historia reciente de España a quienes aún desconocen los estragos de la Guerra Civil. Yrupe no se sostiene sobre entrevistas y bustos parlantes, sino sobre soluciones visuales. De ahí el encuentro con una sensibilidad especial de la autora para acercarse a las personas que entrevista y por cómo se acerca, además, a ese fragmento de vida que se escapa a su conocimiento. No es solo el interés de lo que cuentan los entrevistados, ni el deambular al que se ve sometida Candela Sotos a partir de su investigación, sino cómo filmar todo eso, cómo hacer que la ausencia se convierta en presencia, cómo encontrar un discurso comunicante a partir del callejón sin salida que suponen las historias silenciadas.
Por eso late con fuerza la pregunta con la que comenzó este texto, ese humilde cuestionamiento hacia las milagrosas capacidades del cine para sanarlo todo. La respuesta tiene su reflejo en Godard y aquella reflexión en torno a que el cine nos falló en los momentos más importantes del siglo XX, allí donde debía estar y no supo, no pudo. Quizás es imposible reconstruir el pasado, pero el testimonio de Candela Sotos deja la puerta abierta a que sí es posible construir el futuro a partir de imágenes y sonidos, a partir de ciencia y poesía.
