Amarga navidad transcurre frente a las pantallas. Los protagonistas se ven confrontados a ellas en un intento de comprenderse a sí mismos a través de la escritura. No ven el mundo que les rodea: están demasiado ensimismados con el universo virtual que han creado para sí mismos. ¿Es este el cine del futuro? ¿Un cine en el que lo interesante siempre ocurre al otro lado del cristal? ¿O es en realidad el mundo del presente, que nos devuelve el reflejo de nuestros cuerpos anestesiados mientras buceamos en ese scroll infinito que nos proporcionan las redes?
Sea una u otra la respuesta, la puesta en escena muestra cuerpos inmóviles que aguardan a que el poder de las palabras los llene de sentido. Esa inmovilidad de los cuerpos propicia que la banda sonora desempeñe un papel fundamental: aquí no hablamos tanto de evocar sentimientos a través del sonido como de insuflar un movimiento perpetuo a unos personajes esclavizados por esa parálisis autoimpuesta.
Quizá de ahí la necesidad de que la música de Alberto Iglesias esté presente de manera continua, casi omnipresente. También porque, en esta película como en tantas otras de Pedro Almodóvar, la banda sonora es la mayor forma de expresión para recordar que el melodrama clásico es el gran sustrato sobre el que se edifican sus historias. La música de Iglesias lo convoca continuamente.
Cuando aparece el personaje de Natalia irrumpe también un tema musical que Iglesias ya utilizaba en Hable con ella (2002). Soy Marco, aquella melodía que acompañaba al personaje de Dario Grandinetti, aquí suena con Natalia en temas como Un lugar ideal para morir. ¿Es solo una licencia del compositor, o hay algo más profundo detrás? Buscar similitudes entre los personajes de ambas películas parece inevitable en ese deseo por encontrar respuestas.
Raúl, el escritor protagonista de Amarga navidad, descubre que quizás se equivocó al no prestar más atención a uno de sus personaje secundarios. Iglesias recupera un tema musical del pasado que, de forma repentina, establece un paralelismo entre esta y otra película del cineasta. Hay tanto humor como nostalgia en ese rescate. En este punto de no retorno al que se enfrenta Almodóvar en torno a una filmografía que bucea cada vez más profundo en la reflexión sobre la escritura, vemos los peligros de usar la vida para alimentar la ficción, tanto como la pena por haberse dejado atrás las mejores historias. En ambos gestos, tanto en el del director como en el del músico, descansa el dolor de la creación.
