Tintin: the secret of the unicorn (John Williams)

“Si el ojo es conquistado por completo, no des nada o casi nada al oído. No se puede ser a la vez todo ojo y todo oído”, decía Robert Bresson en sus notas sobre el cinematógrafo, una filosofía que el cine de Spielberg asume absolutamente contraria a cómo debe entenderse un verdadero espectáculo audiovisual, como si fuese posible contemplar fuegos artificiales mientras se lee una densa novela. En el cineasta americano, la calidad del espectáculo viene dada por la saturación de elementos y estímulos, nunca por ninguna filosofía de la sencillez.

Puede que sea este el mayor problema de una película como Tintin: el secreto del unicornio, que desea ocultar cómo en el fondo se trata de una película de aventuras vacía y simplona a través del más espectacular diseño de producción posible. Ángulos de cámara imposibles, situaciones inverosímiles que se acumulan continuamente, humor y acción sin descanso y, sobre todo, una música omnipresente que pareciera obligada a mantener el ritmo trepidante de lo acontecido sin dar tregua alguna al espectador.

La partitura es tan cargante y falta de dinámicas, de diferencia de climas y de equilibrio en el ritmo, que el efecto multiplicador que consigue junto a unas imágenes siempre frenéticas resulta abrumador en lugar de sorprendente. Como si se tratara de unos dibujos animados histriónicos y desquiciados, la música termina volviéndose molesta en tanto que lo que ocurre a nivel visual ya es lo suficientemente barroco como para añadirle además una banda sonora con tanta presencia.

Que nadie se lleve a engaño, a pesar de todo: estamos hablando de John Williams, con pocas dudas el mejor compositor que ha dado la música para cine, y con seguridad uno de los mejores orquestadores del mundo. Y la banda sonora de su Tintin evidencia una indiscutible realidad: no se puede orquestar mejor. Es casi imposible encontrar una combinación de sonidos y de timbres orquestales dispuesta de una manera tan brillante, imaginativa, eficaz y resuelta como lo hace aquí la partitura del maestro. Su paleta orquestal y su espíritu desenfadado recuerda mucho a la escrita para Atrápame si puedes (Steven Spieberg, 2002) con la diferencia de que en aquella había un tema memorable y aquí sus melodías principales están muy lejos de serlo.

El tema principal, The adventures of Tintin, ya evidencia todas las virtudes y defectos del resto de la banda sonora. Es con diferencia su mejor corte, escrito para los estupendos títulos de crédito que acompañan a la película. Quizás sea el hecho de no acompañar a la película en sí le otorgue mayor cuerpo a lo narrado musicalmente, simplemente porque puede aquí desarrollar sus temas sin la obligación de ilustrar mediante sonidos cada salto, cada tropiezo, cada golpe o cada caída de unos personajes que parecen de goma.

Snowy’s theme es el corte que resume la filosofía de la banda sonora al completo: una pieza escrita absolutamente a base de corcheas, lo cual genera un ritmo vertiginoso, desde luego, pero también cansino. Es importante la parte final de este corte para entender cómo está concebida la película y todos sus elementos. La música puntúa la narración, sirve de advertencia en las escenas de acción, e insufla de ritmo a aquellas secuencias estáticas que, en el fondo, son tan previsibles como anodinas. Dos golpes de efecto avisan finalmente de cuándo ha terminado la escena de acción. Música explicativa, poco interesante y utilizada de manera poco inteligente.

The Milanese Nightingale es otra pieza de la que se pueden extraer importantes conclusiones: ni siquiera en un solo de violín, recurso con el que Williams ha trazado algunas de sus más memorables melodías, consigue que la banda sonora reluzca al menos por unos compases. La atmósfera que crea el universo sonoro del compositor es incontestablemente adecuada a lo que ocurre. El error es atribuible a las imágenes y a lo que ocurre en ellas, que no dan respiro para escribir una partitura coherente, sino que todo transcurre a la carrera y no existe ningún nivel de profundidad.

La vacuidad que evidencia esta frenética carrera sin final que es El secreto del unicornio es imposible de disimular. Ni siquiera con la música del mayor de los maestros.