There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007)

De las antípodas del último cine americano nace una película enorme, compleja y de una profundidad absorbente, dueña de un nuevo lenguaje, de una nueva manera de narrar cine en la que la evolución parece estar anclada en el fin del relato, en la crisis de la narrativa contemporánea y en la dirección invisible al servicio de una historia grandilocuente y tan ambiciosa como su título.

Paul Thomas Anderson vuelve a entregarse a sus exaltadas pretensiones, pero esta vez con conocimiento de causa, con las lecciones asumidas y aprendidas, con sus referentes cinematográficos integrados y reciclados, que desembocan en la creación de una nueva obra maestra, una larga historia sobre el devenir de un hombre y el relato de cómo la codicia es capaz de anular su vida.

Anderson no escatima a la hora de contar ese descenso a los infiernos, lo muestra en su absoluta crudeza, tan cerca del personaje principal que ni siquiera el espectador se da cuenta de ese viaje introspectivo, de esa pérdida de identidad gradual que acompaña al personaje en cada paso que da hacia su propia derrota.

 
Con un diseño austero pero eficaz, y una estética maravillosa, con una fotografía magistral, mágica, poderosamente hermosa de Robert Elswitt (el mejor trabajo de su carrera con diferencia, un trabajo que será recordado durante años), un hábil montaje y una música sinfónica y ecléctica del recién estrenado en estos lares Johnny Greenwood, la película cobra una fisicidad peculiar, una estética única que le otorga aún más poder. Una autoridad sublime que da coherencia y consistencia a su relato.

Filme que no podría haber sido posible sin Daniel Day-Lewis como protagonista absoluto, pues su trabajo no sólo sostiene al personaje y al propio argumento, sino que trasciende y desborda su cometido para transformarse en una creación prodigiosa, colosal, repleta de fuerza y talento, también llena de excesos y desmesuras. Una actuación maestra que ayuda a convertir cada secuencia en un momento cinematográfico de fuerza y belleza fuera de todo rango y mesura.

Anderson vuelve a dar prioridad al relato antes que a la duración del metraje. Vuelve a condicionar la propia estructura en favor del desarrollo indisoluble de la catarsis de su personaje, y sitúa el punto medio (la escena en la playa) en un punto donde ya no hay retorno posible, donde la acción ha terminado y donde comienza el viaje introspectivo trágico e irreversible, como si los ecos de Ciudadano Kane se hicieran presentes en la narración de época y convirtiera éste en un discurso universal.

El autor no teme cambiar de regitro, no teme alejarse del resto de su obra, pues al hacerlo su realización se hace grande, cobra perspectiva, termina por refinarse y agrandarse hasta el nivel alcanzado, que no es otro que la consecución de un discurso ambicioso y grandilocuente a partes iguales, pero que es alcanzado gracias al poder narrativo y al enorme pulso con que conduce la película en cada escena.

Planos sobrios, certeros, escogidos bajo una inspiración absoluta, que no buscan la originalidad sino la comunión perfecta entre el encuadre del personaje y su entorno, que buscan la mejor narrativa posible para esta obra magna y personalísima.

Lo que queda de Anderson son sus obsesiones, plasmadas en la forma eterna de los vínculos familiares atormentados, fragmentados con el tiempo, y la recreación de un personaje veraz y lleno de fuerza que sufre una auténtica transformación dramática y una maravillosa evolución que lo convierten en un icono cinematográfico de primera línea desde el momento mismo de su creación.

Obra violenta, descarnada, de una belleza plástica sublime, de una estética vanguardista y a la vez con un sabor clásico irresistible, el autor vuelve a crear una obra controvertida, plena de madurez creativa y dotada de una dirección magistral. There Will Be Blood es, desde hoy mismo, un clásico contemporáneo indiscutible. El tiempo, al menos, así la recordará.