The Fountain (Darren Aronofsky, 2006)

 

Tercera película de Darren Aronofsky, que se aleja de los cánones que hasta ahora había marcado y había creado un nuevo tipo de cine, y se abandona a sus creencias personales y muy particulares, influenciado en cierta manera por el amor a su esposa Raquel Weisz y aprovechando para hacer del filme un homenaje de amor hacia ella.

   En la Fuente todo tiene un gran poder simbólico, todo obedece a un fin concreto, y sus tres historias se entrelazan como parte de un todo. La mezcla de ideologías budistas, planteamientos filosóficos y premisas religiosas están puestas al servicio de la idea de concluir una etapa, de despedirse de alguien y poder continuar nuestra vida a pesar de la pérdida a través de nuestra lucha interior.

   La que tal vez sea la película más accesible de Aronofsky, que es decir bien poco, adquiere un grado de perfección técnica y visual apabullantes. El uso de los colores, la fotografía cuidada hasta el extremo, la perfecta transición entre un tiempo y otro, el cambio de colores y texturas en cada historia, el uso del sonido como localizador de las historias, vestuario y ambientación se dan la mano para crear un universo único y completo, autosuficiente y lleno de pequeñas bellezas que admirar en cada plano.

  La música de Clint Mansell vuelve a crear escuela, repetitiva y obsesiva pero también inmensamente hermosa, evocadora, perfecta acompañante de las imágenes y poseedora de un halo poético, de rabia contenida, de pasión desbocada, música que permanece en la memoria y que se recuerda con facilidad.

  Hugh Jackman se entrega al proyecto con la misma pasión que su personaje y realiza una creación portentosa a pesar de que el estilismo del director sacrifique en ciertos momentos el trabajo de sus actores. Rachel Weisz impagable, personaje que ha asumido la muerte y trata de disfrutar de la vida, con una preciosa voz que recita el texto de manera magistral, ensoñadora. No en vano la película es un regalo hacia ella, y ella lo agradece devolviéndolo en forma de prodigiosa actuación.

  La conjunción de todos los elementos técnicos es total, en una demostración única del arte cinematográfico como pocas veces se ha visto en la pantalla. Y en ella su autor da rienda suelta a su idea del amor incondicional, que trasciende a través de las eras, que se reencarna una y otra vez y que tiene espíritu de infinito.

   Una obra castigada duramente por la crítica que un servidor recoge con la esperanza de que el tiempo la ponga en el lugar que merece, panteón único del cine del nuevo siglo, plegado sobre sí mismo, tratando de abarcar toda la expresión humana. No hará avanzar el séptimo arte, pues sus recursos son en realidad bastante accesibles, pero sí supone la rúbrica a un tipo de cine hecho sin concesiones y de forma perfecta.