Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014)

1. ¿Qué trascendencia tendría un largometraje sustentado en una de las ideas que recorren Relatos salvajes? Obviamente, ninguna de ellas fue concebida como tal, ¿pero qué ocurriría al intentar extender cualquiera de ellas más allá del cortometraje anecdótico? Probablemente su fuerza podría diluirse de una manera repentina, revelando que la materia argumental de estos episodios es tan fugaz como peregrina. Quizá la duración de las historias sea tan breve no tanto por la cuestión de proponer un ritmo narrativo trepidante, sino por la necesidad de huir de las historias antes de que revelen la pobreza argumental que las alimenta.

2. Se habla de Relatos salvajes como película con la venganza como hilo conductor de sus episodios, y también de la opresión de la clase trabajadora como uno de sus temas centrales, en los que se fantasea con la posibilidad de arremeter de manera violenta contra aquellos que hacen la vida diaria un poco más insoportable. De lo que no se habla es de su absoluta necesidad de hablar desde lo inverosímil, desde la casualidad más impensable. Resulta sospechoso que no sea uno, sino que todos los relatos activen su relojería interna a partir de una premisa absurda e improbable. Pero volveremos a esa naturaleza de lo casual más adelante.

3. Conviene detenerse a contemplar la dirección de Damián Szifrón, uno de los grandes baluartes de la película y en cuya solvencia se apoya el producto. Observar la planificación sobre la que se construye cada elemento visual de la película se convierte en un goce continuado, debido en buena parte a esa escritura visual virtuosa del cineasta, que aborda cada plano desde la reflexión en torno a cómo exponer, de manera brillante, los hechos que se van sucediendo. Sin embargo, la alarma salta poco después, cuando ha transcurrido el metraje suficiente para comprobar que cada plano no responde del todo a una búsqueda de la mejor narración posible, sino de que cada plano no repita al anterior ni a ningún otro del episodio, en un ejercicio de exhibición que puede resultar peligroso en tanto que ya no se atiende a la historia como protagonista, sino al ánimo personal del cineasta.

Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014)

4. Resulta aún más peligroso, no obstante, observar lo que ocurre con el incendiario material que se maneja. Cualquier espectador puede verse reflejado en las tribulaciones de estos personajes, que deambulan por la ciudad rodeados de injusticias, en unos tiempos de crisis tan inciertos y desesperanzadores que una película como esta bien puede servir como bálsamo. En uno de los primeros capítulos un personaje dice: “Todos pensamos en hacer algo con esos que se aprovechan de nosotros, pero al final nadie hace nunca nada”. Es una de las frases que, a la postre, descubriremos que vertebran el discurso de la película. Y bien, resulta peligroso, cuanto menos delicado, que una película así penetre en el corazón de la clase media pero nunca con el ánimo de ofrecer herramientas con las que enfrentarse al mundo, sino con la intención de hacerlo olvidar durante unas horas. Es decir, mientras los personajes claman contra las injusticias del mundo, a los espectadores se les invita a una suerte de pasividad en la que el regocijo es contemplar la función desde fuera. En otras palabras, Relatos salvajes se sirve de los malos tiempos como contexto para buscar una cierta complacencia, una complicidad inmediata en el espectador con poca predisposición a toda materia reflexiva, en lugar de combatir esos malos tiempos desde su interior.

5. Atendiendo a las latitudes en torno a las que sucede la acción, uno podría pensar en un esbozo de la Argentina del presente, aunque es tan probable que el crudo retrato de lo social pudiera corresponderse con cualquier otra capital del primer mundo, sumida en un caos en el que los altos poderes políticos ya no parecen representar a las grandes mayorías. Y volvemos aquí a retomar, por fin, el tema de las casualidades que activan cada episodio. Si Relatos salvajes pretende radiografiar el presente, desmembrar lo cotidiano, acercarse al día a día de quienes sufren esa realidad de cerca, ¿por qué echar mano de lo inverosímil, del cruce imposible, de lo casual, de lo absurdo? ¿La película realmente busca un discurso que conecte con su público, o busca hacerse cómplice de su público para lograr otros objetivos, quizá no tan nobles?

6. El chiste filmado. Puede que en algunos fragmentos puedan descubrirse pequeñas fábulas contemporáneas, diminutos delirios en torno a las incoherencias de nuestro quehacer cotidiano, pero más de un capítulo corresponde de manera evidente con la puesta en escena del gag, una historia nimia que pueda terminar en chiste, en broma ausente de sutilezas. En ese sentido, pasando por alto la sobresaliente factura técnica de la película, lo que ocurre no difiere demasiado de los procedimientos propios del gag televisivo. Largas construcciones de ficción que terminan resueltas en un chiste, nunca como coda, sino como objetivo al que llegar. Quizás esa vocación, la del chiste sobre la realidad del momento, sea la impostura definitiva a la que se enfrenta una película de más de dos horas de metraje. En esa indulgencia que nunca pide, sino que toma a golpe de explosión, de puñetazo en la cara, en esa transigencia que impone a su espectador chiste tras chiste para que uno ignore todos sus pecados se encuentra la mayor trampa de la película.

Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014)