París, Je T’aime (Varios, 2005)

De los proyectos cada vez más usuales fundamentados en aglutinar un conjunto de grandes realizadores y actores con un motivo central que suele constituir una simple excusa, París, Je T’aime se consolida dentro de su curioso género como la ganadora indiscutible.

Con la ciudad de París siempre como fondo, cada director da rienda suelta a su propia imaginería visual y conceptual, algunos tratando de integrarse en el proyecto y otros tratando que el proyecto se integre a ellos.

Destacando entre todos los estupendos cortos, Walter Salles realiza un corto fugaz pero precioso, con su impronta de denuncia social impregnada en cada fotograma. Una historia pequeña y sencilla llena de dulzura y brillantez en la dirección y en la actuación de una estupenda Catalina Sandino Moreno.

Tom Tykwer firma una historia espectacular, en gran parte por un montaje portentoso, que encadena una sucesión de imágenes vertiginosas en la vida de una pareja, y que posiblemente sea el error más característico del conjunto de las historias: pretender abarcar toda una vida, una elipsis temporal propia de un largometraje, en los cinco minutos de que disponen.

Los hermanos Cohen son los autores del corto más divertido y políticamente incorrecto del filme. Con una estética que recuerda vagamente a Jeunet y rodado en un solo escenario, se convierte en un pequeño chiste, la guinda al pastel parisino propuesto.

Isabel Coixet crea el fragmento  más desprovisto de pretensiones, divertido por reírse de sí mismo y por pretender ser una fábula amable a modo de cuento moderno, perdiéndose en la espiral de lo previsible en cuanto a que suena a historia mil veces contada.

Gus Van Sant, por raro que parezca, fiel a su estilo, etéreo, a punto de ser insustancial y a punto de ser colosalmente profundo, siempre jugando en los extremos, en el límite de lo que es cine experimental, dirige el más personal de los relatos, sostenido en su visión única de la estructura y de la planificación escénica y convirtiéndolo en una joya.

Alfonso Cuarón regala una genialidad recubierta de humor, un truco de guión que hasta cierto punto puede resultar increíble, rodado en un solo plano por las calles parisinas, con Nick Nolte como protagonista absoluto y devorando a su acompañante. Un director que hace un nuevo tipo de cine y que siendo fiel a sí mismo construye su propio universo, único y fascinante.

Nobuhiro Shuwa, portentoso, construye la historia más profunda, de planteamiento más desolador y de temática más espiritual, bellamente fotografiada, magistralmente interpretada y maravillosamente escrita.

La auténtica gozada, el verdadero disfrute de la cinta, es no saber qué cortometraje se nos presenta, y averiguar mediante los recursos y el estilo personal de cada realizador a cuál de ellos pertenece cada fragmento de la cinta.

Y en esa amalgama de estilos, de personalidades diferentes, de visiones de un mismo lugar, se encuentra la verdadera esencia de la película. Tratar de presentar vínculos entre los actores al final de la cinta es innecesario, pues las historias están vinculadas entre sí mismas por un espíritu común: la realidad vista a través del arte, el arte visto a través de 18 artistas.