Diamantes de Sangre (Edward Zwick, 2006)

           

        Qué razón tenía Jordi Costa al decir que podría ser peor. Si se tratase de Walter Salles, Fernando Meirelles o incluso de una de sus máximas influencias, el mismísimo Scorsese, estaríamos hablando de un cataclismo de proporciones universales en la que temblarían los cimientos de la propia humanidad. Si tuviese la profundidad de Robert Bolt o de los grandes clásicos del western estaríamos hablando de una obra perdurable.

            Pero hablamos de Edward Zwick, dado al retrato de injusticias, de desamparos a gran escala, de problemas políticos y de daños colaterales, de perjuicios a terceros y de reivindicaciones de las voces que menos se escuchan.

            Hablamos del mismo Zwick dado a recomponer sus historias en base al cariz más humano de sus personajes, poniendo en peligro el desarrollo de la propia película. En ‘Diamante de Sangre’ lo hace y pierde por el camino el pulso narrativo. Zwick se arriesga, y de qué manera, al lanzar al abismo de la sensiblería más profana a sus tres protagonistas (qué grandes los tres) y al supeditar el filme al propio contexto en que estos tres personajes sufren una catarsis, un viaje iniciático que los redime de sus errores y los encamina al irremediable final.

            La cinta tiene el sabor de todas sus producciones heróicas, tiene a la vista el sello de película de épica asombrosa y tiene a un personaje protagonista que se embarca en una aventura en que la destrucción de los pilares en los que se solventa su vida logra reconvertir sus actos y renacer de nuevo. La moralina es en este caso tan evidente que resulta agotadora, en una media hora final redundante e innecesaria.

            Nunca hace aguas en su factura técnica: dueña de un montaje glorioso, de una fotografía (Eduardo Serra nada menos, agárrense a sus asientos para contemplar preciosos paisajes africanos) magnífica y de la partitura de un Newton Howard menos que correcto pero aceptable teniendo en cuenta que se trata de un compositor tan mediocre como conformista.

            Djimon Hounsou realiza una actuación estupenda, apoyado enormemente por un guión que favorece a un personaje absolutamente plano, colmado de frases que ponen en evidencia el ambiguo estilo de vida del primer mundo. Di Caprio está soberbio en su creación del personaje principal, pero sin embargo no logra reflejar el proceso de cambio e introspección que ocurre en realidad, y que el tramposo guión intenta justificar de forma aislada por medio de una supuestamente tierna escena. Jennifer Connelly resuelve con soltura un personaje de pocas exigencias y aporta algo de aire fresco al ambiente enrarecido por dos protagonistas masculinos que impregnan de violencia la aventura fallida que propone la cinta.

            Zwick propone en definitiva una absoluta nadería en la que pretende mostrar un conflicto de proporciones colosales a través de una mirada casi documental, pretende ensalzar una historia épica a tres bandas y a la vez revelar la realidad africana más dura e injusta.

Lo que consigue en realidad es firmar un pastiche previsible hasta las últimas consecuencias, aderezado con la intención efectista y tramposa de causar la emoción artificial a través de escenas sobrecogedoras, preparadas en realidad con una doble intención tan evidente que resulta tan falsa como la poco menos que increíble historia tripartita. Ese intento de captar al espectador a través del efectismo más descarado convierte la película en insulsa, carente de verdadera capacidad para emocionar.

Un festín polvoriento de duración absurda en la que el espectador no sabe cómo sentarse durante los últimos cuarenta minutos de unas interminables dos horas y media, y en la que cada diálogo, cada situación, cada escena están encauzados desde el principio con tan poca habilidad que todo se adivina con demasiada antelación.  

  Qué razón tenía Jordi Costa al decir que podría ser peor. Podría ser mucho peor: Podría no salir Jennifer Connelly.