Paraíso: Fe (Ulrich Seidl, 2012)

Paraíso: Fe comienza con una mujer que reza en una habitación de su casa y termina casi con la misma secuencia, sólo que en el plano final está llorando, sintiendo que sus plegarias no han tenido recompensa. No se trata de una historia sobre una progresiva pérdida de esperanza, sino de un momento que explica todo lo anterior y convierte el relato en un proceso cíclico.

Anna Maria, un personaje al que seguimos sin descanso en todas sus facetas de la vida diaria, ha escogido abrazar la religión no sólo como creencia con la que dar sentido a su existencia sino más bien como un entregado modo de vida. El fervor le impulsa a visitar el hogar de los más necesitados, pero también le lleva a autoflagelarse cada día. En esa contradicción entre la pasión por ayudar a los más necesitados y el empeño por castigarse continuamente a sí misma, Ulrich Seidl encuentra su película.

Amante de las contradicciones, coleccionista de todas ellas y obsesionado con ponerlas en escena de la forma más sobria posible, Seidl compone el retrato de una mujer solitaria que encuentra en la fe la posible vía de escape de un pasado infeliz, nunca explicado del todo, con un marido de carácter violento que irrumpe de nuevo en el presente y dinamita la aparente estabilidad que generaba en Anna Maria la vida de misionera.

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Quizás sea ese infierno vivido tiempo atrás lo que impulsa al personaje a escoger un nuevo modo de vida. Pero el realizador cuenta la historia a su manera, sirviéndose como siempre de lo grotesco y de lo ridículo para tratar de poner en cuestión ciertos patrones irracionales de la condición humana. Algo así como una filosofía del cine que sólo sea protagonizada por los desheredados del mundo.

De ahí que Anna Maria haya cambiado la relación no fructífera con su marido con una relación platónica con la figura de Jesús entendido como hombre ideal. De ahí que haya sustituido la violencia física de su marido por las penitencias que se administra a sí misma. Y de ahí, también, la necesidad de imponer a otros un estilo de vida propio, del mismo modo que el marido imponía en el hogar su propia manera de pensar. Vuelven a repetirse las dinámicas autodestructivas que ya se han vivido, sólo que ahora la mujer encuentra un sentido en todo lo que hace.

El realizador no juzga a ninguno de los protagonistas. Se refugia en esa vocación documental que respira siempre su manera de filmar para crear cierta distancia ante lo presenciado. La película nos lleva al privilegio de poder observar, de ser testigos. No juzga siquiera al marido pues sabe que tras él, posiblemente, también se escondan antiguas frustraciones. Pero la película pertenece a Anna Maria, ese personaje al que da vida una Maria Hofstatter que transpira tanta verdad como el espíritu con el que están filmadas estas imágenes.

Paraíso: Fe puede entenderse sin la necesidad de confrontarse a Paraíso: Amor, primera parte de una trilogía, pero el encuentro mutuo engrandece las conquistas de ambas. Seidl se adentra en la decadente intimidad de los hogares y, al descubrir ese infierno cotidiano, tiene aún mayor sentido que la única respuesta sea viajar al extranjero a continuar alimentando el sentimiento autodestructivo. Mientras tanto, Seidl se atreve aquí a penetrar en el corazón de lo cotidiano. En ese sentido, puede que Paraíso: Fe sea aún más valiente que su predecesora. 

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