Modernos (Jairo López, 2015)

Cuenta Jairo López, autor de este documental sobre el teatro de vanguardia en las Islas Canarias, que se trata de una obra compuesta por cabezas parlantes, de entrevistados que no hacen más que arrojar datos frente a la cámara para poder contar, así, la historia de las piezas teatrales escondidas que han dado identidad al lugar donde nacieron. Se olvida con modestia, al afirmar esto, de esos paréntesis en los que se intenta escenificar algunos fragmentos de las obras teatrales, de la puesta en escena de un manifiesto artístico o, en fin, de que la propia selección de esas cabezas parlantes es, naturalmente, una decisión de puesta en escena.

El proyecto, impulsado por una tesis de Roberto García de Mesa y conducida por él mismo a través de la narración del documental, ha traspasado su mera vocación divulgativa para convertirse además en una hermosa interrogación sobre las posibilidades del cine para acercarse a contar otras artes. Del mismo modo que Clouzot cuando filmaba al pintor en El misterio de Picasso (1956), las imágenes contienen dentro de sí no ya la capacidad de mostrar la obra del artista, sino que también encierran una pregunta: la de cómo mostrar aquello que, en realidad y por naturaleza, pertenece a otra disciplina artística que maneja unas herramientas completamente distintas.

Porque, de manera inevitable, una cierta costumbre en nuestra relación con las imágenes y nuestro modo de entenderlas obliga, al contar algo como lo que cuenta Modernos, a trasladar unos presupuestos “cinematográficos” a la escenificación de los textos teatrales, y a buscar unos planteamientos “neutrales” a la hora de recoger los testimonios de los entrevistados. La belleza de este proceso es que esos tópicos se terminan confrontando cuando llega la escena más importante en tanto que, conceptualmente, presenta más oportunidades para la reflexión: aquella en la que el propio manifiesto artístico se transforma, dentro de la película, en una pieza teatral que no tendría sentido sin la propia forma cinematográfica con la que se representa en el documental.

En ella, un actor recita el texto subido al escenario de un teatro. Allí escenifica los grandes defectos del teatro tradicional y a los autores célebres de la época, pero mientras el texto reivindica una nueva forma de hacer las cosas, el actor escapa del teatro y la cámara lo sigue. Las puertas del recinto se abren, la música se intensifica y el manifiesto concluye de manera triunfal. En aquella decisión de representación se esconde lo más interesante y hermoso de la película: la puesta en escena desvela la opinión del propio cineasta sobre el manifiesto, pero más allá de eso, es el propio discurso de aquel manifiesto el que, de alguna manera, despierta nuevamente las posibilidades del cine para poder contarse a sí mismo y al mundo que le vio nacer.