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Miel (Valeria Golino, 2013)

Puede que, en una película que parece haber nacido para interrogar al espectador, no haya nada más valioso que la valentía de interrogarse también a sí misma. Con Miel, la actriz Valeria Golino (que se estrena aquí como realizadora) narra la historia de una mujer se dedica, en los márgenes, a ayudar a quienes sufren una enfermedad terminal y desean acabar con su vida.  Mientras el argumento persigue a Irene (una Jasmine Trinca que vuelve a demostrar que su presencia bien puede levantar una película por sí sola), las formas de la película parecen plantearse cuál es la manera de hablar de un tema como la eutanasia huyendo por completo de todo efectismo. Problemas formales que huyen de toda imposición o adoctrinamiento, sino que buscan compartir esas mismas dudas.

Ese continuo diálogo entre formas y fondo, a veces convertido en soliloquio entre la cámara e Irene, empuja la película a moverse con la misma energía e inquietud con la que su personaje protagonista se rebela ante un mundo que no termina de entender. Sus imágenes se apegan al cuerpo de Irene para ver el mundo tal y como ella lo ve, para que las injusticias se sientan de cerca y para que su relación con la muerte nos golpee en el estómago. Se trata de una película inequívocamente física, pero también dotada de una sensibilidad en absoluto gratuita.

El encuentro con un “cliente” que desea poner fin a su existencia, pero que a diferencia del resto no padece ninguna enfermedad, pone del revés las convicciones de la protagonista y, con ellas, también lo hacen los símbolos de la propia película. El encuentro con lo físico deja de ser hostil para convertirse en un refugio. Las discusiones cambian por puestas de sol. El personaje, de una introspección casi salvaje, sigue callado pero ahora sonríe.

Como si de una película sobre los cuerpos se tratase, Miel empuja a abrazar la vida de Irene como la nuestra propia, mientras ella observa con la mirada fija aquellos cuerpos esclavos de sí mismos en sus últimos momentos de vida. La visión pesimista y anárquica del mundo de donde parte la protagonista va transformándose hacia algo diferente, igualmente lleno de preguntas pero quizá más luminoso. Cuesta creer que una película tan apegado a lo físico contenga en su fondo tal aliento espiritual. Mientras Irene evoluciona, observa y siente, las imágenes de Miel también se transforman. Ya no hay tanta oscuridad, aunque siga sin haber caminos marcados. Imagen e historia juntas, de la mano. Cuando ella mira directamente a la cámara, la imagen le devuelve todas las preguntas que anidan en sus ojos.

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